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jueves, 25 de julio de 2013

Galicia, hoy me cuesta cerrar el día

 
 
 
 
 
Meiga hasta cuando las penas invaden las alegrías

 
La noche del 24 al 25 de julio del 2005 yo tenía 21 años y un billete de avión rumbo a Uruguay para la mañana siguiente. Estaba muerta de nervios y tenía dos formas de despedirme... en silencio o a carcajadas; como la callada nunca se me dio bien, me rodeé aquella tarde de casi toda mi gente en la plaza donde vamos desde siempre y corrieron las cañas en La Verdura. A un cuarto para las doce de la noche brindé por la felicidad de mis amigos hasta que llegase el reencuentro y cambié de ubicación mientras me citaba con el chico que me traía de cabeza, el plan era despedirse con un abrazo... Así, pegados y en silencio, nos pasamos diez minutos hasta que, esto no estaba en guión, el cielo se llenó de fuegos artificiales. Eran las doce de la noche más galega del año. Mis amigas, acostumbradas a vivir desde la primera fila del cine lo mejor y peor de mi, nos espiaban detrás de un árbol convencidas de que, un beso más, y el avión despegaría sin mi sentada dentro.
 
Se equivocaron. Al día siguiente atravesé por primera vez el Atlántico y entendí, de verdad, lo que supone elegir un camino y aprender a echar de menos. El dolor de las despedidas (incluso las que prometen un reencuentro al final). No sólo extrañar a la gente que quieres, a la familia, a los amigos imprescindibles, a tus rincones, a tu gente, el camino que no andarás... aprendí lo que supone echar de menos una etapa de mi misma que ese día se cerró. Crecí un poco de golpe y me hice más fuerte. Cuando uno vive algo que le remueve tanto por dentro sabe que, de una vez y para siempre, ha echado a volar.
 
Hoy, recordando aquella noche mientras las redes sociales, los medios de comunicación y cada persona que me he cruzado en el camino comenta el terrible dolor que siente hoy Galicia, no puedo evitar tener -de otra manera pero con la misma intensidad- aquella sensación a cemento gris que asegura que el pasado a veces se aleja muy deprisa.
 
Hay casualidades, tan duras, que parecen mentira... cuando el calendario anuncia fiesta y la actualidad rompe a llorar. Hoy me cuesta cerrar el día y despedir a esas personas que ya nunca volverán a estar con sus familias... esos abrazos partidos que no volverán a darse, los reencuentros que se esperaban en la siguiente estación y se quedaron entre las vías... ¡Esas personas a las que hoy, sin opción a besos ni despedida,  les han obligado a volar... a cambiar para siempre las vidas de sus familias, a seguir avanzando echando de menos y a olvidar para siempre unas rutinas que ahora se quedan vacías!
 
Un dolor que no se palia incluso con el corazón entregado que ofrece Galicia, un pueblo tan solidario que no se merece a los políticos que les dominan. La generosidad de unos profesionales, parados o en huelga, que se entregan a su vocación olvidando sus propias luchas. La tragedia es terrible y el dolor hoy convierte en densa la tristeza de Galicia.
 
Gracias por cada mensaje y cada mirada de cariño hacia esta tierra hermosa y abierta hasta cuando las lágrimas ganan a las alegrías. Galicia es aún más meiga y más valiente que nunca.  La solidaridad nos engrandece aunque hoy cueste todavía, meterse en la cama y cerrar por fin este día.





lunes, 20 de mayo de 2013

Consecuencias

Desde niña siempre me ha gustado robar de los libros aquellas frases que más me impactan, una práctica habitual en casi todos los lectores compulsivos que conozco. El detalle que lo diferencia es que, también desde niña, me dedico a esconder esas anotaciones entre otros libros, en el armario, en el bolsillo de algún pantalón...convencida de que el destino siempre me los devolverá cuando tenga algún sentido recordarme ese mensaje.

Consecuencias de creer en la magia.

Creo en las casualidades, que casi nunca lo son, más que en mi misma.  Así que mis encuentros con mis anotaciones han sido grandes consejeras, e incluso una práctica que otros amigos han hecho suyas, y que a golpe de efecto dominó ha ido funcionando entre mi gente casi como una terapia. He recibido regalos de cumpleaños en forma de notitas para abrir con el paso del tiempo, y yo también he enviado calendarios con frases sin sentido encofradas, totalmente segura de que el destino y la casualidad le darían alguna función.

Esta mañana, al abrir una caja de herramientas buscando una bombilla que devuelva la luz a mi mesilla de noche, me encontré con esto. Palabras para compartir contigo, y sobrellevar las intrigas de los lunes. Casualidad, causalidad o nada... son trozos de algún momento que vuelven para entender y disfrutar.

Consecuencias, al fin y al cabo, de seguir creyendo en la magia.




 
 
 
 
 

lunes, 15 de abril de 2013

Vocación de chanchito

 
 
 
 
 
Anoche soñé con ella, aunque hace más de ocho años que le hice esta foto en un barcito de la avenida 18 de Julio. Era otoño y llovía a cántaros en Montevideo. Eduardo y yo compartíamos una mozzarela cuando ella entró cargada con tres cajitas de inciensos. Los vendía de a uno.
 
Mientras él buscaba en el bolsillo algunas monedas para regalarme la sonrisa de una niña que ha vendido, le propuse una foto; la primera de su vida. Al verse a si misma se le congeló la inocencia, en ningún rincón de Uruguay existía una alegría más grande.
 
Todo en ella me intrigaba. Y me animé a preguntarle:
 
-¿Y tú qué quieres ser cuando seas grande?
- Yo cuando crezca quiero ser chanchito (cerdito), para estar gorda y nunca tener hambre.
 
Eduardo lo anotó en su cuaderno de bolsillo.
Yo lo guardé en mis sueños, para que regresara a escribirse ocho años después.

domingo, 15 de enero de 2012

Palabras con D. Manuel...



 No compartimos ideas, pero sí grandes conversaciones. 
¡Gracias por sus debates y por, sin dudarlo, contestar a mis cientos de preguntas!


En septiembre del 2008, con él sentado frente a mí, empecé a transcribir una entrevista que... cuatro años después... aún no he terminado. Y no la acabaré esta noche.. estoy segura. De aquella primera charla salí más desconcertada de lo que había entrado, convencida de que si un orgulloso ministro de Franco se sentaba en un despacho del Senado es que algo estaba pasando en el sistema democrático español. Y sí... algo había pasado: el tiempo. 

D. Manuel, lo dijo Santiago Carrillo esta noche al saber que su contrario había muerto, fue un hombre con "talento para adaptarse a los tiempos y que pese a su papel en el franquismo desempeño una labor positiva en la aprobación de la Constitución. Fue Fraga -recuerda D. Santiago siempre- quien cuando yo era un hombre muy mal visto en el país todavía me presentó en el Club Siglo XXI a algunas personas que incluso abandonaron el lugar en ese mismo momento". Porque dicen que D. Manuel nunca tuvo miedo de hacer lo que sentía. Un hombre que, pese a los amigos y a los enemigos, logró torear en primera línea de poder durante más sesenta años. Quizás no siempre fue un buen demócrata, pero sí un excelente político. 

En lo personal... Manuel Fraga me planteó decenas de contradicciones que todavía arrastro, y que me aportaron mucho. Me obligó a pensar, me exigió dudar. A él le recuerdo luchando con su propio cuerpo cansado, obligándose a madrugar enérgico, ansioso por leer antes que el mundo la prensa del día porque, decía, esa es la labor de un político de vocación: tener la necesidad de saber que pasa en la nación para pensar como mejorarlo. Pese a su caracter fuerte, sus salidas de tono, sus gestos desproporcionados y un carisma que hacía temblar por igual a empleados, periodistas y políticos... D. Manuel Fraga fue para mi un baúl lleno de historias que nunca dejaron de interesarme. Jamás se negó a contestarme a una sola pregunta y me hablaba con todo detalle de sus a veces tensos encuentros con Franco, de sus trascendentales charlas con la familia Borbón, de los abrazos, las polémicas y las bromas con Carrillo, de su relación con los suyos... y de lo único que provocaba que le temblara la voz: su pasión por Galicia. D. Manuel fue para mi mucho más que una lección de historia... un hombre que consiguió casi todo cuanto se propuso... una persona a la que, como dice de él Felipe González, "le cabía el Estado en la cabeza". Y que siempre estuvo dispuesto a compartirlo.

En cualquier caso, desde su primera gran cita con la política como ministro del franquismo en el 62 hasta su retiro como senador el noviembre pasado, Fraga siempre fue un político a tener en cuenta para su partido y para los contrarios. Y guste o no, es innegable que sesenta años de política activa, en dictadura y democracia, no se firman sin su nombre. Siempre se adaptó a los tiempos, pero nunca perdió sus referentes ni hizo nada que realmente no pensara, "jamás traicioné a mi nación y me adapté a las situaciones para defender mi vocación, la de tomar decisiones que mejorasen la realidad que en cada momento estaba viviendo España". 

  
 "Casi es preferible morir antes que arrastrar una vejez ociosa"
 
 «¡No!. No quiero que se me recuerde como un franquista. Yo era un niño cuando la Guerra Civil. No participé en la guerra ni mucho menos alenté la instauración de ese sistema de gobierno. Es más, como ministro de Información, solo contribuí a que se usase lo mejor posible. Solo cabía la posibilidad de hacer política desde dentro del sistema. Pero, ¡ojo!, nunca fui un servidor de la dictadura, sino que usé esa posición privilegiada para tratar de mejorar las cosas. Es verdad que había que hacer unas cosas que, claro, incluso llegué a lamentar, para poder hacer otras».

«Yo, calzón de lana. Así vestido, o desnudo, ocupé, con motivo del famoso baño de la playa de Palomares, la portada en The New York Times.». 

jueves, 5 de enero de 2012

Noche de Reyes



Para él son todos mis deseos de esta Noche de Reyes.
Por enseñarme tanto. Por regalarme tanto.


La Noche de Reyes siempre me ha quitado el sueño... De niña por los nervios de la ilusión, por las luces que desde la calle prometían que el cortejo real llegaba ya a mi ventana...; con los años, las noches en vela confesaban alguna que otra fiesta improvisada en Pontevedra y siempre buena compañía. Hoy, con más motivo que nunca, mi insomnio tiene una cara y un nombre. Este muñeco tiene seis años, la ilusión clavada en los ojos... y una historia tras de sí que podría llenar cientos de páginas. La realidad le ha obligado a ser adulto, y la responsabilidad que exige su vida ha hecho que su inocencia salga corriendo. Con tristeza seguramente, también con alevosía. 

Su historia, en cambio, se resume rápido. Este niño nació en Madrid y seis años después se quedó solo. Su nacimiento pedía a gritos ilusión, pero sobre todo salud. Y los deseos, aún juntando todas las fuerzas, no siempre se cumplen. A los pocos meses de nacer se le detectó una terrible enfermedad que sufren alrededor de 70 niños en España. Su caso empeoró, los tratamientos no funcionaron y una delicada situación familiar obligó a los suyos a regresar a su lugar de orígen recordando, en la distancia, que en un hospital de Madrid continúa su hijo de seis años. Él se quedó solo. Desde entonces, decenas de personas de forma voluntaria y altruista comparten su vida y su tiempo con él... hacen turnos, le llevan regalos y le arrancan sonrisas por cientos. Porque él es así, no está dispuesto a perder su sonrisa... aunque le sobren los motivos.

Hace algunos días que le convencí para que me contara un secreto: un deseo, el más fuerte, el más íntimo, el más inalcanzable. Él, mimoso, acercó su boquita para hablarme al oído y me dijo que su mayor deseo era no quedarse ni un instante solo, que siempre estuvieramos a su lado para recordarle que nunca íbamos a abandonarle. Le expliqué, diplomática y compungida, que los mayores tenemos que trabajar, que tenemos que pasar tiempo con nuestros amigos, atender las casas, que vivimos rodeados de ineludibles obligaciones... Me miró y señaló a su alrededor, resignado por mi ignorancia terrible... sin darme cuenta que él  ya tenía la fórmula para conseguir su sueño. Y me complació con el razonamiento más convicente del mundo. "Tú siempre estás aquí, -me dijo con una inmensa sonrisa-, porque encontré la forma de que cada minuto, todos, estéis a mi lado". Y me enseñó, con la ilusión atrapada entre sus manos, que todo es mucho más fácil cuando se sueña desde el corazón de un niño. Su habitación está plagada de fotos que le acompañan todo el tiempo y que recuerdan los mejores momentos que ha vivido este año; la gente a la que de verdad echa de menos, los profesionales y voluntarios incondicionales que a lo largo del 2011 le han rebozado en besos y abrazos tratando de cubrir un vacío que, en realidad, llena él solo con su capacidad para invadir la realidad de esa ilusión implacable que sólo tiene la mirada mágica de un niño. 


viernes, 18 de noviembre de 2011

El reloj, los planes y cosas que caben en una canción




Me gustan las cosas pequeñas. Los pequeños detalles que convierten la vida en algo grande y especial. Las cosas que parecen insignificantes pero que llenan los días de sonrisas, de silencios mágicos, de recuerdos que parece que se van a olvidar.. pero nunca se olvidan. Las copas de vino tinto. Me entretienen las formas de los relojes, aunque no me gusta llevarlos conmigo: creo que el tiempo no se cuenta ni se define. Me ilusiona mi inconformismo y mis ganas de ser más feliz, aunque siempre quiera dar más, aunque me enfade conmigo misma cuando siento que no lo consigo. Me gusta que, varios años después, todavía me intrigue la magia de Anthony Blake y que Brian Weiss me haga pensar: ¿volveré a encontrarte en algún lugar algún día?

Me entusiasman las personas que me llaman para decirme que ya tienen el billete en el bolsillo, media hora después de que hayamos colgado el teléfono sin saber cuando nos volveremos a encontrar. Me ilusionan las frases que resumen bien la emoción de una película... y los autores que me hacen pensar. Me encanta que las cosas más insignificantes me ilusionen más que nada en el mundo: el mensaje de una tarta de cumpleaños, pisar la casa donde nació Lola Flores, volar sobre Londres en el barco de Peter Pan... que no me cueste nada querer ni decir Te quiero, encontrar en julio el regalo perfecto para celebrar tu navidad.

Me gustan los abrazos que me llegan por la espalda provocando que me suenen todas las vertebras y me tocan la emoción y la sonrisa. Me gusta la gente incondicional, la que siempre regresa a tu vida porque en realidad nunca se ha ido. La gente que elige su destino, aunque su objetivo sea estar a la deriva cogido de la mano que ha escogido. Me gustan las mantas que esperan dobladas sobre el sofá.

Me hacen sentir las casualidades... las sonrisas que se colocan en el camino como las piedrecitas de Juan Sin Miedo, mostrando el camino de ida, el rumbo, las soluciones y nunca la mejor forma de regresar. La gente que no tiene miedo a equivocarse de nuevo, que le cede el espacio al corazón que bombea porque ha sentido. Me gustan los recuerdos, sobre todo los que siempre pueden compartirse con una sonrisa... los que están llenos de nostalgias con brillo en los ojos... las partidas de cartas... las confesiones de los ancianitos que cuentan sus conclusiones antes de cerrar su libro... Me gusta el cine español que es imborrable sólo porque a mi me hace reír... las canciones que me tranquilizan porque siento que me las cantas y que las cantas conmigo... los momentos que son sólo decisión mía, aunque me empeñe en compartirlos contigo.

Me emociona bajarme del autobús y sorprenderme al ver que desde su cartel de publicidad me saluda un profesor que convirtió sus clases en lecciones de como afrontar la vida con una sonrisa. Porque es un lujo que quiera enseñarte a sentir así. Y es un placer descubrir que he sido una buena alumna. Me llenan las personas que veo crecer... los mensajes que me escriben de día en Montevideo pero yo leo de noche en Madrid... cinco años después de haberme despedido de una niña que ahora es una mujer dispuesta a cambiar el mundo.

Me gusta tener memoria... memoria para los recuerdos pequeños... los que se difuminan, se escabullen, se desdibujan, pero que siempre tienen sentido... Me emociona la distinta forma que tienen de ver la vida las personas que quiero, porque esas miradas son parte de las cosas importantes que llenan mi vida. Me gustan los días en los que descubro que las mesas donde ceno están llenas de personas inmensamente especiales, inmensamente distintas. Y me gusta recorrer con gente muy diferente los mismos destinos.

Las casualidades que provocan que toda la vida y que todos los silencios entren dentro de una misma canción. Me gustan las cosas pequeñas, los relojes y los planes...

martes, 28 de junio de 2011

Despedir al corazón



A Fabiola y Ana Osorio


Esta noche en vela he despedido a una mujer en la antesala de un quirófano y mañana la recogeré, a primera hora, estrenando un nuevo corazón. Así de relativa es la vida. Así de extravagante.

Resumido, el episodio de esta noche se queda largo... como las palabras que se dicen en silencio. Fabiola es una de esas personas que laten de arriba abajo... quiera o no su corazón morir de tanta insistencia. Periodista de los pies a la cabeza y al revés, desgastada por el pálpito de la curiosidad por todo e invadida por una pasión desbordada que le invadió el pecho y le frenó las emociones. La vida atrevida, que se empeña en aleccionar y en poner límites. Pero la historia no es el porqué... la historia es el ahora... y el ahora se debate entre el romanticismo y la ciencia ficción en un quirófano de la quinta planta del Gregorio Marañón, donde un equipo brillante recoge un corazón que termina de latir para empezar a volver a latir. ¡¡Qué cosas!

En lo básico, en lo natural, no estoy preocupada en absoluto. Esa mujer entró en quirófano convencida de que mañana nos veríamos y, sinceramente, no me parece Fabiola de esas personas dispuestas a llevarse una promesa incumplida a la tumba. Espero una llamada... la llamada que me diga que ya estrena latidos nuevos para irme a dormir sabiendo, con seguridad, que voy a poder cobrarme con unas buenas arepas la noche en vela de hoy. Mientras, me entretengo dibujando en un papel planes para el día en que yo tenga algo que decir en la Organización Nacional de Trasplantes... tan eficaz para que nadie la cuestione, pero tan limitada para que cientos de órganos sanos terminen cada año yendo con prisa a ninguna parte. Para que sean decenas las personas que fallecen esperando su esperanza convertidas en un número más de una lista.

Confieso que también me quita el sueño el recuerdo insistente de las palabras de un amigo del alma tras su primera sesión de quimio. Una lección magistral de pánico jugando en primera división: "no me asusta el cáncer, ni me asusta el dolor... lo que temo es que la química no distinga entre células malas y buenas... entre neuronas malas y neuronas buenas... que cuando me despierte las ideas sean distintas... que ya no sea del Barça sino del Madrid, que ya no sea de izquierdas sino aférrimo militante de la más legional derecha".

En unas horas saludaré a Fabiola de la misma forma en la que me vio por última vez, agitando la mano mientras me despedía del corazón que avanzaba hacia el desgüace. Estará celebrando la novedad, como quien se pone el domingo zapatos nuevos. Y pesándolo en frío... sólo espero que el corazón de verdad, el que se enseña, el que define y el que se comparte, el corazón que tiene memoria y recuerda, que ese no se lo lleven en el trasplante, que no se confundan y, que mi amigo aquel del cáncer que sigue siendo un poeta de izquierdas, no tuviera en su miedo razón. Sólo falta que después de la noche que hemos pasado... Fabiola vuelva con el corazón de piedra, me mire desafiante a los ojos y confiese, sin derecho a réplica ni lugar a dudas, que no tiene tiempo ni ganas de ponerse a cocinarme las arepas.

Para evitar torturarme con este pensamiento rememoro mi última escena... despidiéndome con la mano de un silencioso corazón que terminaba... ¿dónde terminan los corazones que se han roto? ¿dónde se esconden sus secretos? ¿le dejarán por escrito al sustituto las cosas por las que debe entusiasmarse, el tipo de hombres por el que debe palpitar...? Despedirse del corazón debe ser tan desconcertante como el día que ves a tu primer amor besar a una novia nueva. Prejubilarle, debe ser tan cruel como la recién licenciada en Recursos Humanos que ya el primer día tiene que expulsar al desolado padre de familia... así, a la calle, sin finiquito alguno y alegando que después de veinte años no es el perfil apto que buscan para este puesto en la empresa. Despedir al corazón es un acto terrible que, incluso a veces, nos llena de vida. Una mezcla entre la emoción y la desolación que desconcierta y compromete al silencio, a la medicina y a la ciencia. La esperanza de vivir que comienza despidiendo al viejo corazón que ya se va, despacito y en camilla, caminito del desgüace.


lunes, 9 de mayo de 2011

Mariposas en la razón


Son libres. A veces palpitan en el estómago. A veces se implantan en la razón. Es la historia de las mariposas. Protagonistas de algunas despedidas.


Hay despedidas que no tienen formato, ni instrucciones, ni sellos de salida. Son escenas que aprovechan guiones inadecuados. Como si el mundo ya se fuese a terminar. Promesas que se quedan en canciones. Entierros de besos enjaulados que tratan de escapar. Limpiezas para sacarle el polvo al corazón. Aceras para tropezar de nuevo con el punto de partida.

Supongo que no hay un modo correcto de despedirse cuando uno no quiere despedirse. Cuando al cerrar la puerta, inevitablemente, se empañan las derrotas de cenizas. Esqueletos de discusiones y palabrería sucia que primero desangra y después siempre se olvida. Lo más injusto del adios es trastocar la realidad para convertir el recuerdo de los fracasos en poesía.

Lo peor del después son los retales de las promesas y las rutinas hechas planes que quebraron. Las constantes vitales que se detienen para gritarnos que las notas de esta canción ya son facturas. El destino reparte  besos que en realidad nunca nos damos y convierte los recuerdos en locuras. Mariposas en la razón... Historia de una despedida incompleta que no acaba porque nunca la empezamos.


jueves, 5 de mayo de 2011

Para que Yoani le hable al mundo...


“Después de comenzar a escribir en mi bitácora, me tiemblan a menudo las rodillas. Para evitar endiosamientos y futuras crucifixiones, aclaro que mi blog es un ejercicio personal de cobardía para decir en la red todo aquello que no me atrevo a expresar en la vida real". 

Yoani Sánchez


 
Catorce pisos nos separan del suelo... de la tierra y de la realidad de La Habana. Desde su terraza en el último piso, Yoani acaricia la cabeza de su perra Chispita mirando al horizonte, convencida de que el mundo se reinicia de nuevo entre sus manos. Y es cierto. Internet tiene otra dimensión cuando se escribe desde estas cuatro paredes... en un camino a contracorriente para gritarle su verdad al mundo. Sueños compartidos que muchos dejan bajo la almohada, y que Yoani filtra cada día a través de una cadena de solidaridad invisible.

La historia de Yoani se hace pública a partir del 2007... cuando tras una temporada en París elige volver a Cuba para luchar por existir dentro de su propio mundo. Ganarse el derecho a tener un hogar. Ese año nace su blog Generación Y, dispuesto a abrir desde La Habana una ventana que permita a otros saber lo que sucede dentro de la isla. Reinaldo y Teo, su familia, la escoltan desde el cuarto de al lado con un cable que la ata a tierra. El resto del tiempo… viaja a través de sus mensajes con una ilusión infinita para traspasar las fronteras de su bloqueo. Ella lo hace como una terapia personal contra su fobia al silencio obligado e injusto, pero su mensaje se convierte en un dominó capaz de botar de pantalla en pantalla por miles de ordenadores a lo largo de todo el planeta.

Hace meses que en la isla su bitácora está bloqueada y la filóloga cubana tuvo que diseñar un complicado plan estratégico para seguir haciendo lo que se ha convertido en su trabajo vital: darle voz a los que creen que ya han apagado su voz. Quizás el día que los silenciados quieran hacerse oír descubran que ya no sólo se les ha secado la boca, sino también la vista y el oído enterrados por el miedo, la espantosa plaga que les sacude.

Esta tarde, en Madrid, Yoani Sánchez estará sin estar en la presentación del libro técnico que cuenta su experiencia: Un blog para hablar al mundo (Anaya, 2011); un engendro que nace en su distancia porque los pasos de Yoani se terminan en el mismo lugar en el que comienzan: una oficina donde se extravían día tras día centenares de visados sin rumbo. Las autoridades cubanas temen que ella vuelva; para evitarlo le prohibe la salida -extraña paradoja-. El primer libro de Yoani ya es un éxito sólo por el hecho de esquivar las rejas que se negaban a verle nacer. Es una revolución que anuncia que el miedo es la mayor arma que potencia este siglo XXI cargado de palabras que no enseñan sino destruyen, es el ejemplo principal de una batalla ganada con las teclas de un ordenador. Las víctimas mortales de la catástrofe son todos los que creen que la voluntad todavía puede detenerse.


lunes, 21 de febrero de 2011

Sueños a flote y la fractura de una forma de vida


Cuando Manuel me invitó a tomar algo en su casa yo desconocía que bajo nuestros pies bailarían  lorchos dispuestos a enfocarme con sus inmensos ojos grises. Fue como sostener la mirada a un bufón traidor que habita tu propia casa... o sus cloacas... que apunta como una linterna dispuesta a apagar la luz. La presencia de los peces y las algas se convirtió en aquel momento en un asalto a mano armada a su fracturada nueva forma de vida. Él, cabizbajo, hacía como si no los sintiese y buscaba como si fuera un proceso pensado con cautela un espacio exacto en el que colocar mi chaquetón... buscaba su sitio como tratando de ordenar un espacio sin orden posible, vacío. Buscaba ordenar su vida triste deseando que yo no me diera cuenta.

Horas antes, apoyados en la barra de un café cualquiera, Manuel me había puesto al día sobre su desafortunada pérdida de trabajo, justo cuando planeaba tener un niño con Teresa y pocos meses después de firmar al fin la hipoteca dejando ya para siempre el alquiler de su apartamento en playa de Áncora, a algunos kilómetros de la frontera que separa Portugal de Galicia. Mientras veía revistas buscando muebles para decorar la última habitación vacía de la casa supo por un burofax que las cosas se complicarían enseguida... y antes de que  las suelas de sus primeras pantuflas estuvieran gastadas ya arrastraba pesaroso todas las maletas hacia la puerta. Teresa había desaparecido algunas semanas antes con las suyas.

Ahora el vaivén de las olas de su nueva casa le arrulla por las noches, estrenando soledad y  tristeza. De momento reconoce que hoy no tiene dinero para recuperar aquel alquiler pero no se siente fracasado ni pobre ni perdido. Sabe que volverá a morir más de una vez. La buena noticia ante el café es que promete que este no es el final de su última vida, es sólo una etapa de marinero en la que debe sacar sus sueños a flote.

Al salir llovía a cántaros sobre el cristal de mi coche... y durante cinco minutos fui un espectador más dudando si quedarme para siempre en aquella pantalla de cine o salir corriendo jurándome elegir la sesión de la sala cómica... en algún lugar donde la realidad no me encontrase nunca. Es lo que tenemos algunos soñadores, que pensamos que despertando el sueño se olvida.

En lugar de todo eso saqué la libreta e hice la única cosa que los periodistas hacemos cuando no sabemos que hacer... disolvernos entre las palabras tratando de que ellas encuentren el sentido a los momentos que vivimos. Aprendí a esconderme detrás de las letras cuando la situación me avergüenza y la impotencia me come. Y lo aprendí de un inolvidable amigo... A él acudo esta noche para tomarle prestado un texto, una historia que nada tiene que ver con Manuel. Es la vida de los pobres... los que fueron y los que, irremediablemente, volverán a ser pobres.

Qué lo disfruten: 

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio ni pueden comprarlo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar. Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella. Pobres, lo que se dice pobres son los que no tienen más libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión. Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas. Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no saben que son pobres
.


 E. Galeano

lunes, 14 de febrero de 2011

Cuando los guardias se quedan sin cartas...



En el número 963 de la calle Neptuno de la Habana hay una puerta que aisla una casa de la realidad social en la que vive. La traspasé en junio del 2009, cuando la noche ya había caído y el silencio en la calle sólo se rompía por varias miradas y el eco de una firme vigilancia constante. Nunca como en aquella casa tuve la sensación de que faltaba alguien... todo parecía expectante, preparado, impaciente, dispuesto casi para el reencuentro. Entrenado por la realidad exterior para el olvido.


Héctor Maseda fue detenido el 18 de marzo del 2003 entre aquellas cuatro paredes, frente la mirada de su mujer Laura y de dos de sus cuatro hijos. Seis años después, compartiendo un rato de confidencias, todos ellos esperaban a que Maseda volviera: "siempre pensamos que sería un arresto de algunos días... los más pesimistas hablaban de como mucho un año... pero fue condenado a veinte y los días pasan, y pasan... y todo lo que nos llegan son malas noticias. Los hombres inocentes enferman y los medios no hablan. El silencio se instala y la triste realidad se sepulta en esta isla donde todos quieren irse pero nadie se atreve a decirlo".

Entonces, Laura tenía instalada en la cara una sonrisa dulce y transparente, los ojos claros y la mano cariñosa alternaba entre acariciar el brazo de quien le hablaba o las cartas, dulces cartas, de su marido... "fue nuestro pacto, escribirnos por las noches nuestros pensamientos cada día para tratar de no perdernos lo que nuestra otra mitad sentía en la distancia... Héctor todas las noches me escribe unas líneas y nos las intercambiamos cuando voy a verle. A veces los guardias leen nuestras cartas privadas y yo me indigno con ellos... no sólo sabotean la tranquilidad y la intimidad de mi casa sino que incluso violan las letras que nos escribimos". Se le caen algunas lágrimas... pero incluso cuando llora mantiene fuerte la mirada y esa eterna sonrisa dulce.

En 2009 Laura hablaba de su vida con la misma valentía envidiable que presidía la tristeza eterea que lo envolvía todo. Recuerdo cada episodio de su historia repleta de una confianza absoluta... el juicio injusto contra su marido, el final de su profesión como maestra por las presiones políticas que estaba viviendo, la dificultad para encontrar trabajo del resto de la familia, los insultos por las calles de vecinos que se alejan porque sienten miedo, las vejaciones durante las marchas que con el resto de las Damas de Blanco presidía los domingos al salir de misa... y un único deseo: que algún día Héctor Maseda volviese a dormir en aquella casa rodeado de su familia.

Supe aquella noche que en esa casa se libraba una batalla desigual e injusta... que de antemano parecía perdida. Los ideales de Maseda eran tan fuertes que habían traspasado a su familia, convencidos de que la libertad no era suficiente; era imprescindible conseguirla con dignidad y justicia. Moya y él se negaron a la excarcelación cuando obtenerla les obligaban a exiliarse en España y se niegan al silencio y a la reclusión ahora que, a la fuerza, han salido de la cárcel pese a su deseo de permanecer encarcelados a menos que su libertad fuese incondicional o indulto.

Desde aquel verano del 2009 hasta ahora todo ha sucedido; débiles y fuertes cruzan a veces sus papeles y se intercambian los huecos en la portda del telediario. En aquel verano todavía Laura nos presentaba en su cama vacía el dolor de la frialdad y la ausencia; nadie la conocía fuera de La Habana. Las cartas se apilaban sobre la mesa de la cocina, convertidas en sueños nocturnos pendientes de cumplir y en deseos torturados en la distancia. Laura Pollán contaba su historia con una sonrisa plagada de tristeza.... ahora su tristeza se aloja en las ojeras que llenan las primeras planas de los telediarios. El abrazo se ha cumplido y Maseda duerme desde anoche en su cama. Y en la puerta del calabozo, dicen las malas lenguas, los guardias de seguridad buscan consuelo para su desamparada tristeza... echan de menos a Laura y a Maseda... lloran desolados la ausencia eterna de sus cartas...



lunes, 29 de noviembre de 2010

A pesar de los kilómetros...





Las despedidas en las estaciones, cuando no quieres que sean, se convierten en fotogramas donde uno baja los brazos y no sabe hacia donde mirar. Son lugares cargados de nostalgia, de echar de menos... de promesas de reencuentros que nunca volverán a ser despedidas. Las estaciones me ponen triste, casi tanto como la nieve, casi tanto como el frío... casi tanto como la soledad...

Hoy fui a una estación en la que para llegar a donde no quería llegar tuve que correr. Me di cuenta mientras corría... siguiendo los pasos que alguien me marcaba. Eran casi las 16.30 y el autobús ya tenía el motor encendido. Mientras corríamos me di cuenta de que eso mismo es lo que nos sucede casi cada día... una escena donde corremos hacia delante, sin mirar a los laterales, sin saber a donde vamos a llegar. Correr por correr, correr desesperadamente.

Las estaciones me recuerdan a muchos momentos de mi vida... pero, sobre todo, a muchas personas de mi vida. Miradas y momentos que son parte de lo que soy. Recordé las noches enteras por llegar en busca de un abrazo que creía imprescindible. Recuerdo la cabeza apoyada contra el cristal contando los minutos que faltaban. Las mariposas en el estómago. Los reencuentros y las despedidas en las que siempre faltaban más besos, más caricias, más palabras... cuando todo era dificil. Cuando pudo ser fácil... el motor no arrancó.

Quisiera poder contabilizar los kilómetros que he hecho por el deseo inmenso de estar cerca. La distancia y echar de menos a alguien es un peso sólo comparable a la nieve y la niebla que me distancia del mundo hoy. Hoy en el andén, viendo como el autobús continúa su línea... pese a la nieve y al frío y a mi echar de menos... me di cuenta de que hay recuerdos tras los que no se puede correr.

Son recuerdos que no se buscan. Son ellos los que te encuentran a ti. Por encima de la nieve. Incluso cuando todo se llena de frío... A pesar de los kilómetros.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Hasta siempre, Mr. Berlanga


Foto: Jose Aymá - El Mundo


"Pensaba que lo más jodido de mi vida había sido la censura de Franco.
¡Pues no! Lo más jodido es la pérdida de la memoria" Berlanga, 2000
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"Lo bueno de tener años es que uno puede creer ya en lo que le de la gana"
Berlanga, 2010



El mundo debe andar mal, cuando todos los grandes se despiden. Berlanga había manifestado en varias ocasiones su preferencia de joderse ante el dolor, porque más le jodería morirse. Sin embargo, una vez más, defiende con hechos su pasión por la contradicción humana y se marcha por la puerta grande sólo unos días después de contar en exclusiva que seguía un tratamiento capaz de hacerle inmortal; consumía pastillas blancas contra el dolor ajeno. 

La misma contradicción con la que se despide es aquella con la que supo cambiar la fotografía de la memoria colectiva. La misma contradicción con la que manifiesta que lo bueno de tener años es que uno puede creer ya en lo que le de la gana, como si acaso Berlanga no fuera  durante toda una vida la muñeca y la mirada de un país dispuesto a reescribir su historia.

Dicen hoy las páginas de los periódicos que Luis G. Berlanga era una marabunta de ideas contrapuestas proyectándose en la vida misma y dispuesto a no olvidarla. Quizás eso explica que su educación jesuíta terminase por firmar una colección de publicaciones eróticas; que un vocacional estudiante de derecho hiciera justicia en los créditos internacionales de las pantallas de cine; que aquel juzgado por la dictadura como "un hombre sin conciencia de patriotismo" sea quien ha contado la historia de la nación de Franco a lo largo del mundo; que un eterno pacifista se alistase para ir el frente con el bando republicano y más tarde se uniese a la División Azul mientras redactaba en su cabeza los mejores guiones de la batalla interna de la Guerra Civil española.

Sólo hay algo que me parece más admirable que saber escribir un buen cuento, y es saber transcribir los cuentos que suceden en la vida. El Verdugo, Bienvenido Mr Marshall, Plácido... son las botas con la memoria puesta; la memoria que ahora se le escondía desde que el Alzheimer aterrizó en su vida. Hace ya varios años que leí a Borges diciendo que España era una película de Berlanga, y aquellas palabras se me clavaron a fuego porque él  logró contar una Guerra Civil a golpe de carcajadas de risa. Supo romper el rumbo dramático de las cosas para conseguir llenar la realidad de una forma distinta, rasgar y rescatar lo inolvidable condenado al olvido de la tristeza. Cuesta, y mucho, cambiar desde una España estancada en el silencio la forma en la que nos escribimos a nosotros mismos.

Y si Berlanga era el dueño del cine, también fue dueño de la provocación contra toda molestia, contra todo silencio.  También fue dueño del imaginario colectivo. Promotor provocador de los sueños  y pesadillas atrapados en el  siglo XX. Así se va, igual que vino. Alzando la voz en el salón de su casa, acompañado por la mujer que le sirve el café y las pastillas y por uno de sus nietos.  Dejándonos entrar  a través del ojo de las cámaras en la intima forma de terminar su vida. Escuchando como su voz resuena como contando la historia del mundo. Convirtiendo las ocho enfermedades que más muertes provocan mundialmente en pastillas de colores capaces de contar un cuento. Logrando que la publicidad de Médicos sin Fronteras se emita hoy en primera hora de todos los informativos. 

Ese, no podía ser otro, fue su último testimonio antes de bajar el telón para siempre. 




 




sábado, 6 de noviembre de 2010

Noche de magia




A lo lejos se escucha el sonido de la lluvia caer con fuerza sobre los cristales que dan al jardín. Es una noche de frío, de invierno toscano y batalla campal de sueños. Ella espera mirando el reloj de pared con una sonrisa mitad nerviosa, mitad cansada… lucha contra el sueño permanentemente por mantener los ojos abiertos. No quiere perderse la vida. Cree repasar sus últimos doce meses mientras los minutos del reloj se empeñan en retrasarse. Escucha pasos y promesas… y siente la pasión de la magia golpearle fuerte el pecho. Tierna, esconde su boquita bajo la sábana y la ilusión dentro de sus ojos grises. Ya casi llega mañana.

Imaginaba la lluvía desdibujando la figura de los tres, casi flotando sobre el asfalto. El camino que marcan los sentidos cuando todo pierde el sentido. A sus padres dormidos entre las sábanas de algodón gris. Rescató de su memoria la figura de la zapatilla de tela roja escarlata sobre la que colocó la carta. Imaginó la sorpresa de Sus Majestades al ver su dibujo debajo de la ventana. Le temblaban las rodillas... promesa de la llegada inmediata de todo lo que esperaba impaciente: una cestilla de dulces, unos guantes de colores vivos, una muñeca de trapo con inmensas trenzas de lana... La emoción explotaba en ella metida dentro de su cama... la intensidad de la magia que sólo regala la magia. La ilusión contenida. La incertidumbre.

Abrió los ojos. Miró el reloj. Salió de la habitación corriendo. Pestañeó de nuevo. Se dio la vuelta bruscamente convencida de que la sorpresa estaría a sus espaldas. Buscó una presencia de magia sentada al borde de la ventana, buscó una luz, una señal, una ilusión, un sueño... La luz del día había llegado, pero su pasado ya no estaba allí. Y las rodillas le temblaban, y los sueños se marchaban. Se le encogió el corazón y se le arrugó la piel. No encontró nada, más que la falta de brillo en su mirada No pudo ver nada. Giró sus pasos sobre sí misma, cabizbaja; esta vez más inmensa y más vacía que nunca. En cuestión de segundos se esfumó toda magia, toda ilusión, toda pasión de una noche que podría haber sido inolvidable. Se quedó a solas con el silencio que llevaba dentro.. con la nostalgia de sus últimos ochenta y seis años. de vida Arrastró su cuerpecito cansado y difuso entre enfermeras y ancianos que ni tan solo veía... Sin entender qué había pasado esta noche de Reyes... cambiando el sueño de colores por la realidad en escala de gris... Se escondió bajo las sábanas con un único deseo: comprender... Con la única esperanza: despertar en el cuerpo que ella imaginaba... volviendo a ser niña, dejando atrás la pesadilla de un cuerpo desgastado de cansancio y vejez. Olvidando ya para siempre aquella sala rota y fría de enfermos repletos de vista perdida... Buscando en su olvido permanente un único consuelo: que el alzheimer le regalase la posibilidad de creer que puede volver empezar de nuevo.


martes, 19 de octubre de 2010

¿Bien ó te cuento?



“Recurro sólo a las palabras que mejoren el silencio.
Es lo que justifica el derecho a existir de una palabra”
Eduardo Galeano
Preguntas sin misterio y respuestas sin sentido. Entrevistas con forma de comunicado oficial. Palabras que solamente describen lo que ya todos intuíamos. Entrevistas de promoción que son el antimorbo de las entrevistas. Entrevistas ensayadas que dejan de serlo antes de empezar. Es una pena. Salvo puntuales excepciones -algunas, desde luego, brillantes excepciones-, el ritmo de las conversaciones que llenan los periódicos son, desde hace tiempo, pactos sociales y secretos a voces que convierten el periodismo en repetitivas frases que completan renglones, nada más. Periodistas que se dejan las orejas dentro de la redacción cuando salen a la calle víctimas de la prisa y personajes que responden lo mismo que han repetido en las cuarenta entrevistas que dejan detrás. Porque el reloj se convierte en el protagonista que le roba protagonismo a la vocación y a la propia vida.

La actualidad le gana el espacio al carisma de las personas. El ritmo frenético que se lleva la vida y nos deja un segundo de tregua para hablar. En Uruguay cuando te cruzas en la escalera con un vecino o chocas en la calle con un compañero de facultad que lleva tiempo sin verte y pregunta "Hola, ¿qué tal?" la respuesta es siempre la misma... "¿bien ó te cuento qué tal?" ...

Supe por Ana Tamarit -en una tertulia, por supuesto, sin prisas- que para ella el periodista vocacional  es una duda con patas que siente curiosidad por todo lo que se cruza en su camino. De Eduardo Galeano aprendí, -degustando jugo de naranja con calma de jubilada viuda-, que los hombres -e incluso los peores periodistas algo de humano debemos tener-, nacemos con dos orejas, dos ojos y una única boca por algún motivo divino: será que es más importante escuchar y observar que hablar. Yo, todo lo que aprendí de mi misma, es que tengo reacción alérgica a los encuentros que acaban antes de haberse dedicado cinco minutos y que los pactos se me dan bien cuando no se trata de tener que preguntar. Tengo fobia a las preguntas de manual con las que los periodistas atormentamos a los artistas que están promocionando su último disco, a los escritores que presentan por vigésima vez en su historia su novela principal o a los políticos que torean su futuro -y de paso yo a ellos y ellos a mí en tres minutos- en las butacas de la Casa Consistorial. Entrevistas ensayadas en las que no hace falta que nadie se dedique a preguntar. Exigencías del guión de una vida poco dispuesta a escuchar. Hace tiempo que ya no le encuentro el sentido.

Decidí en algún momento dejar el periodismo que mata el tiempo del reloj por ese otro que reseca la nómina pero enriquece los sentidos. ¡Nada es perfecto! Dejé de cobrar por ejercer mi profesión y me dediqué a pagar el precio del café que me cuestan las tertulias con los que todavía tienen ganas de hablar de los sueños y de las promesas que se han hecho a sí mismos. Ganas de hablar, a secas. Y yo suelo tener ganas de escuchar a quien tiene algo que decir... Así fundé mi colección de historias... en las mesas del Café Gijón, entre las rejas de la cárcel de Topas, en los peldaños de la Plaza Mayor de Madrid, en las incómodas sillas del hospital La Paz, en el salón de su casa en Montevideo, en el Monasterio de Montserrat en Barcelona, en los despachos históricos del Senado, entre las paredes de la Biblioteca Nacional... con el único pacto de dejar el reloj esperando a la vuelta de la esquina... con la firme convicción de que la cita podía posponerse hasta el momento en que ellos sintiesen qué tenían ganas de contar... (no se crean, esta petición ha provocado varias bajas para siempre en mi lista de "deseadas entrevistas").

Supongo que creo en el periodismo de charlas frente al café con pastas, de tertulias desenfadadas donde también quien habla descubre que hay cosas que todavía le sorprende acerca de sí mismo... donde hay algo que el entrevistado quiere contar y que el periodista no adivina que va a oír. Preguntar cuando desconocemos las respuestas. Entrevistas que no tienen prisa... que ya no se pagan porque ya no se venden... porque los cuaderos con plumas ya no se compran con dinero... el sueldo es el placer de cumplir con uno mismo... con la curiosidad propia... con pausa... sin prisa...

Si quiere usted escuchar.. vuelva usted mañana... ¡¡será muy bienvenido!!


domingo, 17 de octubre de 2010

La venganza de la vejez o las palabras de un Nobel

Foto: Mercedes Buceta, víctima del mal de Alzheimer. Mi bisabuela.



"El olvido está lleno de memoria". MB

Tenía la mirada perdida en algún lugar más allá de sus ilusiones, en la nostalgia inexistente de su juventud escondida en alguna caja de zapatos llena de viejas fotos, las suelas se gastaron allí donde nadie podía llegar. Él le devolvía el gesto con los recuerdos fijados en aquellos besos que estaban en el aire cuando aún no se besaban, en los sueños compartidos, en los abrazos rotos bajo escenas de cama que les robaron a la vejez.

Durante años ella le pidió que le contase con los ojos cerrados el mágico cuento de cómo se habían conocido... Él le dijo seguro de sí mismo, hace más de cincuenta años, que era un placer volver a verla al minuto siguiente de haberse visto por primera vez... la llevaba en sus sueños y tres meses después se habían casado... Él ahora lo repetía incansable y susurrante a su oído una y otra vez, una y otra vez... ella sólo lo miraba. A veces lloraba... él, expectante, buscaba en ella la firmeza de un recuerdo imposible, la emoción de reencontrarse con su propio mundo... pero ella sólo escondía sus ojos bajo la tela temiendo la cálida mano de un completo extraño que la atacaba con palabras que no decían nada... Ese amor fue entonces un obstáculo entre su yo, su soledad y su eco... él un cuerpo enamorado incapaz de despertarla del olvido, aunque sabe que el olvido está lleno de memoria...  

Esta mañana le acariciaba las mejillas mientras ella enmarcaba un gesto temeroso y frío... hoy le pareció, más que nunca, el reflejo fiel de una persona que ha perdido el alma. Las promesas de caminar de la mano hasta el final de sus vidas se perdían ahora en el olvido... en la enfermedad sombría que les aplastaba. La distancia era más eterna cada día... aunque de nuevo se arreglaba la corbata jurándose a sí mismo que lo intentaría hoy con más ganas, que el color granate era su preferido, que ella sabría reconocerlo aunque no quisiese decir nada... como cuando se enfadaba porque llegaba tarde a recogerla las mañanas de domingo. Imaginaba que ella se enfurruñaba provocando una reconciliación a la hora de la siesta. Hacía casi dos años que el abrazo ya nunca regresaba. El aire corría hasta envolverlo todo de silencio y de vacío. Él buscaba en ella a su mitad. Ella buscaba en él las respuestas que ya no se preguntaba.

Esta mañana escribí esta historia en servilletas mientras veía desde la ventana de una cafetería a dos viejecitos cogidos de la mano en la Plaza Dos de Mayo, en Malasaña. Minutos más tarde una hoja de papel me contaba una historia diferente. Aquí la tienen... la sentencia compartida que firma D. Drauzio Varella, Premio Nobel de Medicina:

En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de senos grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven.


Inevitablemente el mundo funciona por la cruel justicia de la oferta y la demanda. Y el ser humano parece estár condenado a ser víctima de la nueva religión que rinde culto al botox. Quizás el mal de Alzheimer sea entonces la salida de la esclavitud del plástico por fuera y el alma enmascarada. El olvido, por ahora, roba la voz a aquellos cuya vida ya no tiene demasiado sentido... roba sueños, roba promesas, roba el valor de la vida... y roba la posibilidad de quejarse... de gritarlo.

Últimamente paso muchas horas a la semana en los pasillos blancos de los hospitales de Madrid, y más veces de las que jamás hubiera imaginado descubro que la vocación y la ética de muchos profesionales no sólo funcionan por el tradicional sistema de compra-venta, sino que además, a menudo, buscan un prestigio internacional que sólo prometen algunas ramas determinadas. Las conocidas como enfermedades raras se duermen en el olvido de muchos despachos vacíos. Y también otras... como el Alzheimer... cruel venganza de la vejez, síndrome que sufren más de 35 millones de personas en el mundo, caminan tan despacito que a veces es la enfermedad la que se contagia en los pasillos de los hospitales... profesionales cansados de que sus investigaciones sean un grano de arena sin avances signicativos ni ingresos cuantiosos en su nómina mensual...

Al enfermo le roban la identidad y las palabras... y a los demás nos deja sin memoria compartida. Y nos obligan a caer en el olvido. Aunque sí, ya lo sé, aunque el olvido esté siempre lleno de memoria... tal vez plastificada.


martes, 12 de octubre de 2010

Entrevista pendiente con el secundario imprescindible



"Nunca me consideré simpático, por lo que tuve que aprender a reír, hablar y sentir como si lo fuera"

"Hay dos cosas en la vida que quiero por encima de todo: me gustan las mujeres y los percebes. Y las mujeres, siendo bajito, siempre son difíciles". 

Manuel Alexandre


Recuerdo hacer cola en la larga fila de uno de los cines de Punta Carretas, en el corazón de Montevideo. Llovía a cántaros aquel día de invierno gris, y una persona me acompañaba tratando de convencerme sobre el tamaño de la bolsa de palomitas. Se juntaban entonces dos actores que nunca me han decepcionado… ella por su don para conseguir dar a cualquier personaje la capacidad de contagiar alegría… él porque hay miradas que más que reflejarse en la pantalla se sientan contigo a tomar el desayuno. Pocas promesas me regalaron tanta ilusión y tanta ternura como aquella historia de amor entre China Zorrilla y Manuel Alexandre. La película era Elsa y Fred, dos octogenarios locos dispuestos a saltarse la rutina para ser felices en escenas absolutamente inolvidables. Un beso rodado que he querido compartir, muchas veces después, con las personas más especiales de mi vida. Y cada vez que recurro a ellos he reído y he llorado.

Me hubiera gustado conocerle desde que supe que llevaba en un calcetín el primer duro con el que le pagaron por hacer teatro. Preparé varias veces una entrevista en mi cabeza -deformación profesional-, a sabiendas de que a Manolito nunca le gustaron los periodistas. Él decía que la peor parte de una película era la obligación de promocionarla. Me resigné a documentarme y disfrutar de su trabajo y ser crítica sin nada que decir. Fue hace un par de años en Madrid cuando la suerte se cruzó en mi camino y mi amigo Onofre Villa, camarero durante más de cincuenta años del mágico Café Gijón, me ofreció un encuentro en la mesa donde Alexandre solía tomarse un té con leche cada día a partir de las cinco; allí me contaron que me esperó una tarde, asomado a la misma ventana de la Castellana dónde décadas atrás formó parte de la famosa tertulia de poetas que Gerardo Diego presidió. El reloj y la casualidad quiso que yo, maldita sea, nunca llegara a esa cita. Comencé un largo viaje y cuando volví Onofre estaba jubilado y Manuel ya no frecuentaba a diario el Gijón. Hoy lo siento más que nunca, no encuentro en la hemeroteca de ningún periódico las respuestas a mis preguntas... Desgraciadamente, hay tertulias que no pueden trasladarse a mañana

Hoy sé que ya no podré saber más de lo poco que sé... sin debate sobre la extendida vocación de actores porque es la mejor forma de ser hipócrita sin tener que inventarse justificación alguna. Con menos de veinte años Manuel fue aspirante a letrado, aunque meses después lo dejó por el Periodismo; de ninguna de las dos llegó a examinarse porque la Guerra Civil lo encontró en Madrid dispuesto a subirse al escenario del Teatro Español. Su Benitez de Atraco a las tres le dejó algunas de las relaciones más especiales en su vida. Tuvo que pasar de los ochenta años para tener su primer papel protagonista y Cuerda, Berlanga y Bardem supiron dirigirle como nadie aunque fue Antonio Mercero quien firmó su salida por la puerta grande del cine español.




Manuel Alexandre se escondió disimuladamente tras las tablas en aquel Madrid con hambre y frío de los años treinta y, desde allí, humildemente y casi a tientas saltó a los créditos de más de 300 películas.  No hizo falta dejar de ser el eterno secundario para convertirse en el imprescindible rey de reparto de muchas de nuestras mejores escenas. Nunca tuvo el mejor caché en el panorama cinematográfico, le faltaban centímetros de altura para besarse con la protagonista y en la época del destape ni siquiera le dieron la posibilidad de compartir una sola vez escena de cama ni con Gracita Morales… pero se ganó el corazón del público y los compañeros de rodaje, consiguió darle humanidad incluso a los personajes más rudos, fue admirado y adorado por los más grandes…Fernán Gómez, Álvaro de Luna, Alfredo Landa, López Vázquez o Agustín González que además de sus compañeros fueron también sus mejores amigos… Alexandre consiguió con su voz temblorosa, su mirada limpia y su peculiar forma tierna de enfadarse lo que muy pocos profesionales consiguen y conservan a lo largo de toda una vida… mantenerse presente en las listas de los directores de las generaciones que van llegando… invadir de talento guiones que explotan de ironía, de compromiso, de venganza, de humor, de amores, de soberbios, canallas, entrañables e incluso a Franco supo por algunas horas devolverle la vida... Manolito supo llenar una trayectoria de arte desde que empieza hasta que se marcha … ser un secundario en primera plana... ser prioritario y excelente en su profesión hasta el último momento de su vida…

Y mañana saldrá del Teatro Español de Madrid, ciudad en la que actuó por primera vez hace más de setenta años, con la voz dormida por los aplausos y en hombros por la puerta grande de los inolvidables, ed los inalcanzables. Aunque a mi se me haya hecho corto… aunque ahora sea yo quien espere siempre con un té en la mesa de piedra del Café Gijón que acuda puntual a la cita…





viernes, 8 de octubre de 2010

Mario


De mis actos de rebeldía... y conversaciones con mis amigos.
Vayan por delante mis respetos a Vargas Llosa.

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...mi padre siempre decía que la vida era simple. Que bastaba con desear con mucha fuerza algo o alguien para obtenerlo. Y el fracaso no era más que la prueba de que el deseo no había sido suficientemente intenso…
(El marido de la peluquera. Leconte) 


Mario Vargas Llosa y Mario Benedetti han sido eternos rivales en las listas de candidatos latinos a los premios de literatura más importantes del mundo... entre ellos, por supuesto, el Nobel. Si en realidad a Mario le importaba, nunca dejó que yo me diera cuenta... pero a mí si me importaba, me importó siempre y me importó mucho. Ahora sólo me importa que no esté sentado en su butaca para que me diga con su acento dulce que en realidad La ciudad de los perros habla más de la vida que nada que haya escrito un funcionario montevideano que escupía poesía desde las seis de la mañana compulsivamente. Él apreciaba como amigo y escritor al peruano, pese a las polémicas discrepancias políticas de las que hicieron partícipe varias veces a la opinión pública. Seguro que esta mañana al recibir la noticia se hubiera alegrado, le hubiera hecho una llamadita y seguiría sentado en su mesa escribiendo sobre las historias que suceden en la izquierda del mundo. Para Mario lo que decía un niño con frío sentado en una esquina cualquiera tenía más mérito que nada de lo que él escribía. Supongo que era parte de su encanto; que nunca dejó de escuchar y de admirar a los que le rodearon hasta el último suspiro. Que nunca le costó reconocer méritos ajenos. Que nunca creyó que le correspondiera por derecho el Cervantes o el Nobel de Literatura. Que siempre cedió su talento a las historias que nacen de lo que contaron otros. Que fue la pluma de lo simple.. de lo humano... de lo tierno.

Hoy que todo el mundo cita a Mario -Vargas Llosa-, hoy que descubro que realmente levanta pasiones que a mi apenas me han rasgado, yo quería recordar a Mario, a las veces que he pensado cuando salía el siempre lejano nombre del último premiado, que el año siguiente sería por el fin el momento de recibir el suyo; hoy estoy convencida de que el Nobel no ha sido para él sólo porque Marío nunca lo ha deseado con la misma fuerza, con el mismo ímpetu, con las misma necesidad de reconocimiento de los que sí sí lo han conseguido... Mario tenía deseos mucho más importantes.

Mario no quiso esperar a que en Suecia dijeran su nombre...
Porque su táctica era la humildad.
Porque su logro era el cariño.
Porque el premio que perseguía era no echar más de menos ni vivir más en pasado. Porque su premio era Luz. Y su deseo compartido.

Enhorabuena siempre, Mario.



es tan lindo / saber que usted existe / uno se siente vivo 
 y cuando digo esto / quiero decir contar  / aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco / no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio / sino para saber / a ciencia cierta
que usted sabe que puede / contar conmigo.

Mario Benedetti

martes, 5 de octubre de 2010

La intuición: cuando sin pensar se siente





A Jordi, saldando deudas con su inspiración


Se cruzaban en un café cada mañana, a la hora del desayuno; y durante horas se pensaban recordando un futuro que nunca habían vivido. Coincidían en el autobús, puntuales a la vuelta del trabajo poco después de las seis; hasta que ella lo invitó a café en la misma mesa que siempre lo había imaginado. Siempre leían el periódico en el mismo banco del parquecito los domingos, esperándose, saludándose con la intuición y sin palabras. Solían chocar sus dedos cuando se disponían a pulsar el botón del ascensor, ella iba al séptimo y él al quinto, se miraban a los ojos a la altura del segundo piso… dibujando sueños en el aire. Los dos cambiaron la oficina gris de Madrid donde se saludaban cada mañana y tropezaron en el mercado de Marrakech un jueves del mes de julio… Varias parejas situadas en diferentes lugares del mundo. Es la magia de las casualidades. De los momentos que aún no encuentran sentido o que no se han vivido todavía. Es el protagonismo de la emoción. La sonrisa de los pequeños detalles.

Se convierten en minúsculos sueños que recuerdas antes de que lleguen a pasar, sucesos que no sabemos que lo son, personas que sabes que alguna vez has encontrado, caricaturas de magia que prometen un presente distinto. Momentos perdidos o aislados en medio de la nostalgia o del infinito. Son miradas. Son rincones. Vidas cruzadas. Instantes que hacen que se mueva con más fuerza el corazón. ¿Qué une a la gente que no se conoce? ¿qué cantidad de recuerdos se agolpan en el subconsciente y por qué, de pronto, lo intuimos? ¿cómo una casualidad puede despertar el recuerdo... una señal del pasado o del futuro? ¿Cómo se registra un acontecimiento tan atado a un sentimiento? Como sabemos que la vida puede cambiar de repente, y a pesar de todo.

Descartes decía que la intuición es la capacidad de aplicar el conocimiento inmediato. Para Burke y Miller es la solución de problemas realizada de modo inconsciente y se basa en el saber acumulado por la experiencia cotidiana, una intervención automática del subconsciente. Albert Einsten, muy claro, decía que la intuición era la única cosa realmente valiosa en el mundo. Mi amigo Jordi Cristau, mucho más interesante que cualquiera de ellos, piensa que la intuición es, simplemente, el mayor don que nos ha dado la vida, la fuerza más poderosa que nace del ser humano, el subconsciente luchando contra las trivialidades y las rutinas… capaz de hacernos ver que vale la pena creer en lo que nos dice el corazón. Jordi Cristau dice que la intuición es la culpable de darnos la magia para enamorarnos...

La vida está hecha de pequeñas escenas sin final y sin principio definido. Está hecha de pequeñas conexiones que no tienen explicación, ni conclusión, ni causa. Está hecha de momentos que valen la pena. Ponemos el acento en la lógica de lo racional, y olvidamos las situaciones que ponen en marcha nuestro destino. Y vivir no tiene ninguna razón. Al fin y al cabo, casi nada tiene sentido. Salvo la magia que provoca la intuición cuando, sin pensar, de verdad se siente.