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domingo, 15 de enero de 2012

Palabras con D. Manuel...



 No compartimos ideas, pero sí grandes conversaciones. 
¡Gracias por sus debates y por, sin dudarlo, contestar a mis cientos de preguntas!


En septiembre del 2008, con él sentado frente a mí, empecé a transcribir una entrevista que... cuatro años después... aún no he terminado. Y no la acabaré esta noche.. estoy segura. De aquella primera charla salí más desconcertada de lo que había entrado, convencida de que si un orgulloso ministro de Franco se sentaba en un despacho del Senado es que algo estaba pasando en el sistema democrático español. Y sí... algo había pasado: el tiempo. 

D. Manuel, lo dijo Santiago Carrillo esta noche al saber que su contrario había muerto, fue un hombre con "talento para adaptarse a los tiempos y que pese a su papel en el franquismo desempeño una labor positiva en la aprobación de la Constitución. Fue Fraga -recuerda D. Santiago siempre- quien cuando yo era un hombre muy mal visto en el país todavía me presentó en el Club Siglo XXI a algunas personas que incluso abandonaron el lugar en ese mismo momento". Porque dicen que D. Manuel nunca tuvo miedo de hacer lo que sentía. Un hombre que, pese a los amigos y a los enemigos, logró torear en primera línea de poder durante más sesenta años. Quizás no siempre fue un buen demócrata, pero sí un excelente político. 

En lo personal... Manuel Fraga me planteó decenas de contradicciones que todavía arrastro, y que me aportaron mucho. Me obligó a pensar, me exigió dudar. A él le recuerdo luchando con su propio cuerpo cansado, obligándose a madrugar enérgico, ansioso por leer antes que el mundo la prensa del día porque, decía, esa es la labor de un político de vocación: tener la necesidad de saber que pasa en la nación para pensar como mejorarlo. Pese a su caracter fuerte, sus salidas de tono, sus gestos desproporcionados y un carisma que hacía temblar por igual a empleados, periodistas y políticos... D. Manuel Fraga fue para mi un baúl lleno de historias que nunca dejaron de interesarme. Jamás se negó a contestarme a una sola pregunta y me hablaba con todo detalle de sus a veces tensos encuentros con Franco, de sus trascendentales charlas con la familia Borbón, de los abrazos, las polémicas y las bromas con Carrillo, de su relación con los suyos... y de lo único que provocaba que le temblara la voz: su pasión por Galicia. D. Manuel fue para mi mucho más que una lección de historia... un hombre que consiguió casi todo cuanto se propuso... una persona a la que, como dice de él Felipe González, "le cabía el Estado en la cabeza". Y que siempre estuvo dispuesto a compartirlo.

En cualquier caso, desde su primera gran cita con la política como ministro del franquismo en el 62 hasta su retiro como senador el noviembre pasado, Fraga siempre fue un político a tener en cuenta para su partido y para los contrarios. Y guste o no, es innegable que sesenta años de política activa, en dictadura y democracia, no se firman sin su nombre. Siempre se adaptó a los tiempos, pero nunca perdió sus referentes ni hizo nada que realmente no pensara, "jamás traicioné a mi nación y me adapté a las situaciones para defender mi vocación, la de tomar decisiones que mejorasen la realidad que en cada momento estaba viviendo España". 

  
 "Casi es preferible morir antes que arrastrar una vejez ociosa"
 
 «¡No!. No quiero que se me recuerde como un franquista. Yo era un niño cuando la Guerra Civil. No participé en la guerra ni mucho menos alenté la instauración de ese sistema de gobierno. Es más, como ministro de Información, solo contribuí a que se usase lo mejor posible. Solo cabía la posibilidad de hacer política desde dentro del sistema. Pero, ¡ojo!, nunca fui un servidor de la dictadura, sino que usé esa posición privilegiada para tratar de mejorar las cosas. Es verdad que había que hacer unas cosas que, claro, incluso llegué a lamentar, para poder hacer otras».

«Yo, calzón de lana. Así vestido, o desnudo, ocupé, con motivo del famoso baño de la playa de Palomares, la portada en The New York Times.». 

domingo, 1 de mayo de 2011

Razones para el recuerdo



 "La vida está hecha de muchos papeles tristes pero el resultado es una obra realmente maravillosa"


La recuerdo imponente, mágica, con los ojos llenos de pintura interminable y centenares de historias... como permanentemente delante del telón y dispuesta a recibir el aplauso entregado de los miembros del público. A María Isbert no puede uno simplemente entrevistarla porque ella dirige la conversación, difumina las formalidades y convierte sus momentos en una tertulia de amigas frente al café del domingo. Más de trescientas películas a sus espaldas y centenares de funciones de teatro donde su papel no se olvida en el camerino... María Isbert contagia la risa encima y debajo de las tablas. Así, simplemente así, era María. Auténtica. Implacable. Sensacional.  Teatro, en estado puro.

Apenas dos minutos con usted... sin tiempo de encender la grabadora y ya me ha dado material para una entrevista de dos páginas... ¿siempre convierte sus palabras en historias?
Supongo que lo mejor de llevar toda la vida interpretando vidas de otros es que tengo muchas cosas que se pueden contar. La mayoría de las personas no tienen tiempo ni ganas de que yo cuente batallas de abuela... pero contigo creo que será divertido. Las historias también son de quien quiere escucharlas y entenderlas... y a ti esto te gusta, ¿a que si? 

Pensé que venía a entrevistarla yo a usted... Mi trabajo es que usted haga eso que dice, puede usted contarme todas las historias que quiera. Soy toda oídos y además, si, me gusta. 
¿Sabes? Cuando era pequeña tenía una inmensa curiosidad por todo...por las historias de los mayores, por las muñecas, por hacer deporte, los idiomas, saltar a la comba, jugar al diábolo... todo. La curiosidad me abrió las puertas del mundo... 

Y sin embargo, eligió la profesión que tenía más cerca... la de la saga familiar... 
Mi padre no dejaba de decir que tenía que formarme, que era importante estudiar. A los ocho años me estrené en el pueblo de la familia. Yo hacía un papel de mayor... Éramos muchos niños haciendo una obra de los hermanos Quintero y el público nos premiaba con cajas de bombones. Me llevé muchos aplausos y me llevé muchas cajas de chocolates... Ese día supe que quería ser actriz de teatro el resto de mi vida, aunque cobrase en bombones. 

Jajaja... pero cambiaría su caché algún día, conserva usted muy bien la línea tantos años después de subirse a las tablas como para haber sobrevivido a chocolates... 
Es verdad... mi mayor regalo han sido las risas. Escuchar como la gente es capaz de reírse a carcajadas por tu trabajo es estupendo. La gente que viene a verme al teatro son mis amigos... y uno siempre quiere que sus amigos se rían con uno. Mi padre, en aquella primera vez que le dije que quería ser primera actriz me prohibió volver al teatro... 

Pero usted es rebelde... 
Cuando vio que de verdad ese era mi camino él me guió, me enseñó, me acompañó... todo lo que pueda decir de mi padre son cosas bonitas. Y los tiempos eran muy difíciles. Al llegar la guerra desvalijaron nuestra casa de Madrid. Mi padre tenia muchas fotos de la familia real porque frecuentaban mucho el teatro pero a él enseguida se le empezó a acusar de monárquico, de ser de derechas... Y de verdad no era cierto, mi padre solamente era dos cosas... padre de familia y actor. Nos trataron muy mal y se nos acabó el dinero. Mi padre no aguantó más y se fue a zona roja para trabajar con una compañía de teatro que le pagaba doce pesetas al mes. No soportaba estar sólo, se puso enfermo así que mi hermana y yo nos fuimos con él para ayudarle y mi madre se quedó en casa con mis hermanos pequeños. Yo tenía 17 años pero tuve que crecer... como todos los jóvenes de la guerra. 

¿Recuerda su primer papel profesional?
Sin duda. Fue en Villarrobledo en el año 1939. Yo sólo tenía que reírme... desde el centro del escenario y a carcajadas... sólo eso, reírme. 

Es difícil... aprender a interpretar la felicidad. Y en medio de una guerra civil...
Mi padre me lo dijo al bajar del escenario, que yo había empezado por lo más difícil... por la risa. Él me enseñó a reír... y nunca me dejó sola. La alegría siempre ha marcado mi vida... por eso es fácil contagiarla.

Y es cierto, la contagia. Aunque solo sea por su alegría permanente, ha tenido usted una vida distinta a la mayoría... contagia la sensación de que no siente miedo, ni inseguridad, ni tristeza... ¿que lleva dentro?
La vida de un actor nunca es normal... nuestro día a día siempre es una sorpresa y siempre se vive con ilusión. Ser actor tiene muchas cosas buenas... y algunas malas... pero hace que la vida esté llena de momentos inolvidables... Los grandes actores son personas muy especiales y la gente especial desprende energía bonita.

Indudablemente especial como lo era tu padre... uno de los actores más inolvidables de nuestro cine. ¿Le molesta la comparación?¿se hereda la energía bonita?
Para nada me molesta que recordar a mi padre... no hay nada que me gustaría más que ser todavía más como él. Él era un niño enorme... lleno de cosas buenas. Sí, es verdad, mi padre hizo que muchos momentos sean inolvidables en nuestra familia. Tenía una forma estupenda de convertir cada momento en algo fuera de lo normal. Con él tengo las mejores anécdotas y los mejores aprendizajes... aunque ni siquiera a él las cosas le salían muchas veces como quería.

Si tuviera que empezar un guión para él... ¿cual sería la primera línea? 
Una de sus frases más repetidas... su lema: La tristeza es un horrible pecado.

Usted... capaz de convertir todo en una carcajada... que a sus  cerca de noventa años es capaz de llenar cada conversación de alegría... ¿de que se siente más orgullosa? 
Creo que no es fácil llegar a mi edad y mirar hacia atrás con la seguridad de que he tenido la vida que quería tener. Soy una mujer fiel a mi oficio y a mis escenarios, pero desde que me casé supe que quería formar una familia de verdad, firme, segura... no creo en las separaciones ni en las familias programadas como un guión. Mi marido era hijo de un matrimonio separado y tenía miedo a repetir los mismos errores así que fue tajante en eso, era importante pasar tiempo en casa, cuidar de los niños, dar seguridad a la familia. Una no se enamora todos los días así que hice caso a mi corazón, a mi marido y fue estupendo haber compartido esta vida con él. 

Y si se hubieran llevado mal... ¿cree que hay que aguantar siempre...?
Creo que muchas personas hacen de su vida distintos papeles de teatro. Cambian y cambian... se separan, lo pasan muy mal, buscan otra pareja y al poco tiempo vuelven a estar cada uno en su camino. Se aburren, sufren, vuelven, buscan... Separarse sirve para seguir probando, para seguir sufriendo, no para mejorar como personas... Quizás yo no he tenido muchas tentaciones porque nunca he sido guapa ni me han pretendido muchos, pero creo en el amor, en la familia, en los hijos. En amar para siempre y vencer obstáculos con la persona con la que has firmado un proyecto de vida. 

María... casi un siglo a sus espaldas, una saga familiar inolvidable para este país, una profesión intensa y mágica de la que es embajadora perpetua, una madre de familia imparable y entregada... ¿cómo define usted este siglo de vida?
Maravilloso. Este país ha vivido muchas cosas importantes durante el siglo XX... una transición difícil que creo que el rey Juan Carlos facilitó, una guerra que provocó mucha hambre pero también un instinto de supervivencia muy fuerte, una democracia que yo no quisiera que se perdiera nunca. Soy apolítica.. me interesan las personas pero no entiendo de monárquicos o republicanos... lo que quiero es libertad para que la gente decida su religión, su independencia, su camino...

Y a nivel personal... ¿tiene razones para el recuerdo? 
Muchísimas. Tengo siete hijos y trece nietos que me recuerdan cada día que la vida continua... que vale la pena vivir intensamente, el valor de la familia. Tengo casi trescientas películas y de cada una recuerdos fantásticos y muchas horas sobre los escenarios de todo el país. A nivel personal mi vida ha sido estupenda... La vida está hecha de muchos papeles tristes pero es resultado es una obra realmente maravillosa.

    martes, 18 de enero de 2011

    Montevideo, 2005



     Recordando los cafés del 2005

    Mario Benedetti nunca se da una tregua a sí mismo. Dice que ya no se exige letras de emergencia, pero no ha dejado de alternar entre el humor y la tristeza, entre el compromiso y el sentimiento, entre la poesía y el diálogo, entre el pasado y el presente… Benedetti no ha sido solamente el exportador mundial de la personalidad montevideana, sino que es, además, el ejemplo más representativo del ciudadano de a pie en toda una época. 


    Mario Benedetti es, ante todo, un tipo entrañable. Para los uruguayos un reflejo fiel de sí mismos, un habitante más de su historia viva, uno más en la lucha contra las dictaduras, un compañero para los intelectuales y para las grandes personas. Para mí, como para muchos españoles, Mario Benedetti había sido siempre un referente en la mesilla de noche. Un tipo sin cara propia que se oculta sobre los cientos de personajes de novelas que le han robado protagonismo. Mario es el dueño de esa  eterna Defensa de la Alegría de la que siempre ha formado parte.

    Conocí a Mario hace algo más de un mes, durante un homenaje a su trayectoria literaria. Llevaba una camisa clara y la corbata colocada meticulosamente en el centro, costumbre que aún conserva de aquel colegio alemán que le vio crecer en los años veinte... “todavía me sorprenden estos homenajes, no me gusta nada esa palabra…” me dijo. Mario Benedetti es, no cabe duda, todo un clásico de la literatura hispanoamericana. Pero es mucho más que eso. Benedetti es un símbolo de su tiempo y del sentir popular del que él llama su “paisito” uruguayo; es la memoria constante de los tiempos de exilio y de lucha, de las letras de la generación del 45 en Montevideo, del pasado de las tertulias en los cafés de su Ciudad Vieja... Aquella tarde de noviembre, el Centro Cultural Español en Montevideo le rendía un homenaje. El salón estaba lleno de gente que aplaudía la incalculable obra de un hombre que convierte en un éxito mundial todo cuanto pública (y no es poco). Novela, relato, poesía... Mario lleva a cuestas ochenta y cinco años, más de ochenta libros, y un ir y venir de anécdotas y de emociones que siempre ha querido dejar impresas en papel. “Escribo todos los días... los poemas a mano, los relatos en la máquina... pero todos los días. Es una necesidad que siento, contar historias, y no quiero dejar de hacerlo”.

    Poco tiempo después nos reunimos en su casa. A pocos metros, en la plaza de la Libertad de Montevideo, las tiendas de regalos están llenas de cuadros y tarjetas con sus versos. Mario, desde la ventana del séptimo piso, se sienta en la butaca orejera verde mientras ve pasar a la gente con prisa. Vive envuelto entre ese revoltijo de papeles que es su escritorio, entre tantas columnas de libros y cuadros que adornan su casa. Se levanta temprano cada mañana... necesita las horas para escribir poemas a mano, para pensar en Luz, para atender el teléfono, para firmar otro libro... Confiesa que se ha convertido en un hombre tranquilo después de toda una vida imparable de exilios y luchas entre España, Perú, Uruguay y Argentina. A las doce sale a comer al bar de la esquina de su calle acompañado por Raúl, su hermano y compañero de siempre. Algunos vecinos lo saludan desde el cristal al pasar... Y así es Mario Benedetti.

    Mario es sólo el comienzo de su larga lista de nombres propios, Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti. Sus libros han seguido su ejemplo y casi siempre elige para sus historias títulos largos y originales:  Letras de Emergencia, Primavera con una esquina rota, El país de la cola de paja, Gracias por el fuego...  

    ¿Los títulos cambian las trayectorias?
     Sin duda. Además, en este mundo no queda más remedio que ser original y a veces cuesta encontrar un título que no haya utilizado otro en alguna parte. A veces tengo que desfilar de un título a otro cinco veces hasta que doy con, por ejemplo, Primavera con una esquina rota.

    Y esta vez, ¿su próximo libro ya tiene nombre? 
    Vivir adrede, así se llamará el próximo.

    ¿Qué le hubiera gustado ser si no hubiera sido Mario Benedetti el gran escritor?
    Lo mío fue vocacional. Siempre supe que quería ser… cuando era niño, en el colegio alemán escribía los deberes en verso. Mis primeros poemas son en alemán. Los profesores creían que no eran míos y mi padre tenía que ir, poco menos que a jurar, que de verdad los hacía yo. Así empecé… y no supe parar nunca. 

    ¿Qué hay de distinto entre escribir un poema a los veinte años y escribirlo a los ochenta y cinco?
    Yo no sé… a uno, a cualquier edad, le surge un tema y lo desarrolla. Los poemas nacen de adentro, y aunque uno es distinto a los veinte que a los ochenta, tiene que salir. Uno no dice  “voy a escribir sobre la pared”, el asunto es que la pared te tiene que salir de adentro para poder hacer poesía sobre ella.
     
    Mario el novelista, el dramaturgo, el escritor de cuentos, el articulista, el poeta… ¿cúal es ese género con el que se siente más cómodo?
    La poesía. Me siento de verdad yo mismo y es donde puedo verter más cosas de mi propia vida, de mis sentimientos… pero bueno, creo que también tiene algo que ver que durante toda mi vida he estado de un lado para otro. Viviendo cuatro exilios, escribiendo en cualquier parte… ¡es más fácil escribir un poema que pensar una novela mientras esperas un avión!

    Su novela La tregua ha sido traducida a más de veinte idiomas y tiene más de ciento cincuenta ediciones. Es, sin duda, su obra más reconocida, ¿también la más especial para usted?
    No sé si es la más especial…Tenía veinticinco años cuando la escribí, tres empleos y un jefe cincuentón, viudo desde hacía un tiempo que empezó a comportarse con una alegría de vivir que en él era desconocida. Así nació La Tregua, que me abrió las puertas al público del exterior. Pero, si quieres que te sea sincero, diré que no es mi mejor novela. Mi mejor novela es La borra de café. Además, me siento muy vinculado a una novela en verso que escribí, El cumpleaños de Juan Ángel. Y en poesía… hay un poema para cada momento especial.

    Usted, que ha sido testigo a través del tiempo de la evolución de dos países como España y Uruguay, que conoce bien estas dos realidades partidas por el Atlántico ¿piensa usted que somos tan distintos?
    Claro que somos distintos. Somos distintos hasta con los argentinos, que los tenemos al lado, como no lo vamos a ser con España. Claro que somos distintos… Aunque es algo maravilloso la diversidad. España y Uruguay compartimos el idioma, que es algo muy importante… 

    Dice Mario Benedetti que su mayor enemigo fueron y son las dictaduras de todo tipo, y su mayor regalo la rebeldía de juventud. ¿Sigue manteniendo esta afirmación? 
    Si, y lo haré siempre. Los jóvenes son la fuerza para vencer las dictaduras que están en todas partes. Hay que empezar por la famosa globalización… pero no sólo la económica, sino también la globalización de los medios, por la hipocresía, de la frivolidad. Y para eso, es necesario que los jóvenes no se conformen.

    ¿Piensa que, como dice el título de uno de sus libros, que para la sociedad el olvido está lleno de memoria?
    Si, pero no se puede. Algunos dicen que es mejor "no tener ojos en la nuca''; dicen que hay que mirar siempre para adelante… pero yo pienso que ningún pueblo logra una verdadera paz si tiene un pasado pendiente. 

    Dijo usted alguna vez, que ha sido derrotado en todas aquellas batallas por las que ha luchado, ¿qué le impulsa a seguir?
    Perdí muchas batallas, es cierto. Pero yo no me siento derrotado en cuanto a mis creencias, en cuanto a mis posiciones ideológicas. De modo que yo, que soy ateo y la única religión para mí es la de la conciencia, mientras pueda dormir tranquilo no me consideraré un derrotado. Por eso hay que seguir.

    Defensor mundial de las libertades, y creyente ciego en el amor… supongo que es consciente de que sus poemas han sido protagonistas de cartas de amor y declaraciones en muchísimos lugares del mundo… De muchas nunca sabremos, pero de las que usted conoce, ¿Cuál esa historia que nunca se le va a olvidar?
    Hay muchas… unas por tristes y otras por alegres. Por ejemplo, en Buenos Aires, se acercó a mí un matrimonio veterano con cinco libros en muy mal estado.. Me contaron que durante diez años habían estado enterrados en su jardín…y es que mis libros estuvieron prohibidos durante las dictaduras. Ese mismo día, una señora me pidió que firmara un libro para su hija desaparecida. En Argentina hubo treinta mil desaparecidos. En Uruguay murieron muchos en la tortura, pero casi todos desaparecieron en Argentina y forman parte de esa cifra, deben ser unos doscientos o más.
      
    ¿Y de las historias alegres?
    Una de las cosas que más me tocó fue en Guadalajara, en México, cuando fui con Vigglietti a dar el recital A dos voces. Después del recital, nos llevaron a una sala para firmar programas… y allí me pasaron dos cosas. “¿Querés que te firme?” le dije a un muchacho con el bolígrafo en la mano. Y me respondió que no, que el sólo venía a contarme una cosa. “Mire señor, a mí me iba muy mal en todo; en el amor, en lo económico, en lo familiar, en el trabajo… y había decidido suicidarme.Ya había puesto fecha y todo. Me suicidaba el martes. Le escribí cartas a mis familiares y el domingo salí a comer, porque aunque me suicidaba el martes ¡¡tenía que comer el domingo!! Me encontré a un amigo, que me preguntó por mi cara afligida y ante mi respuesta de que tenía problemas sacó del portafolios un Inventario Uno, y me lo regaló. El lunes empecé a leerlo, y bueno, me lo leí todo. Y no me suicidé”. Esa fue una de las historias, la otra… (se ríe), fue que vinieron a verme lo que a mí me pareció una pareja, dos cuarentones y me dijeron: “mire, nosotros queríamos verlo porque aunque estamos divorciados nos conocimos leyendo sus poemas y queríamos saludarlo aunque después no nos llevamos bien”. Dos días después, yo estaba firmando libros y se acercaron de nuevo estos dos y me dicen: “mire, queríamos decirle que volvimos a leer Inventario y nos volvemos a casar”. 

    Y si hay parejas que se unen con su poesía, confiéseme… ¿También se sirvió de la literatura para enamorar a su esposa?
    Lo que pasa es que a mi esposa la conozco desde niños. Yo tenía nueve años, y ella ocho. Esa amistad infantil se fue convirtiendo en otra amistad… estudiábamos juntos ella, mi cuñado (que después murió) y yo y bueno… hasta que esa amistad se convirtió en otra cosa. Y llevo cincuenta y nueve años de casado… así que…

    Toda una vida…
    Si, aunque lamentablemente ahora está muy enferma con el mal de Alzheimer, hemos compartido mucho más que una vida. 
      
    Mario, éxito me atrevería a decir que hasta en exceso, ha sido un luchador incansable en defensa de la alegría, un escritor capaz de llegar a todas las edades, querido en todos los países de los que ha formado parte, hace una vida tranquila en el país que le vio nacer e incluso la política uruguaya parece que llega a tiempos mejores… ¿Le falta algo para ser feliz?
    Mario me dio una respuesta. La respuesta de un hombre que camina con paso firme, aunque cansado… que es todo sentimiento y generosidad. La respuesta de Mario fue mucho más allá de algunas palabras… se trata de una actitud, de la manera de ser de un hombre adherido al pueblo, un madrugador y trasnochador en nombre de los versos y de la alegría. Se trata de aquel que, tras sus más de ocho décadas, aún recita poemas para niños el día de fín de curso en los colegios, que firma ejemplares a todo el mundo cuando hay una feria de libros en la Rural del Prado, que come cada día en el barcito de la esquina y que… pese a todo no ha perdido la humildad ni las ganas de ganar la batalla. Mario no pierde en el cara a cara esa capacidad de rescatar de lo cotidiano las emociones más puras, esa forma de recuperar historias que no se sabe cuando ni donde nacieron pero que terminan por ser reflejo de uno mismo. Yo creo en esa honestidad, en esa humildad extrema, en esa mirada curiosa y brillante que palpita con fuerza aún depués de toda una vida dándose cabezazos contra las dictaduras, las batallas y las tristezas… Porque si por algo ha luchado Benedetti es por esa Defensa de la Alegría.

    Gracias por el fuego Benedetti. Y por la compañía.

    domingo, 24 de octubre de 2010

    Cuando la conciencia pierde

    "En la vida todos tenemos un camino, y ese camino hay que recorrerlo. Tarde o temprano las cosas que estaban previstas terminan pasando, es muy complicado que aprendas a esquivar tu destino”

    Al final de la tarde decidimos que hay una línea muy fina que lo separa casi todo; la cordura de la locura, la verdad de las mentiras, la bondad de la maldad… los sueños de las pesadillas. Todo se basa en pequeñas decisiones o casualidades que te van llevando por un camino sin retorno, dónde las palabras, los escenarios o los brindis permiten que crucemos esas líneas entre la realidad y la ficción sólo algunas veces.

    Cuando lo conocí llevaba algo más de dieciocho años en prisión, una larga lista de diarios que hablaban de la vida y una tendencia casi obsesiva a analizar todo lo que le rodeaba entre aquellas cuatro paredes. Ahora me invita a una cerveza mientras el Tormes le moja los pies, pierde la vista en el horizonte y me hace reír con esas anécdotas en las que convierte casi todo lo que hace. ¿Saben qué? No todos los días uno puede traspasar esa línea que divide su vida de las del resto… y es que en realidad, sólo hay una forma;  querer escuchar cuando alguien ha decidido contarlo.

    Treinta y seis años; con diez dejaste la casa de tus padres, con doce entraste en un correccional de menores, cumpliste los dieciséis años en el calabozo e ingresaste en prisión donde pasaste los últimos veinte. Ahora estamos aquí…

    Y que a gustito. Y que cambiado. Y que… la vida es un camino que te lleva todo recto. Los historiales nunca dicen el porqué de las cosas… quizás así todo tuviera un sentido. En todo caso, ¿sabes qué? No vale la pena envidiar a nadie, ¿para qué si tu vas a seguir siendo tú hasta que te mueras?

    ¿Explicas el por qué de tu vida en ese borrador de novela que estás escribiendo?
    Se llama “Los chicos buenos también van al infierno”. Es una especie de biografía; me desahoga escribir y no conozco nada más que a mí mismo. El libro habla de que no siempre se elige, que los chicos buenos también se descubren en caminos que no les corresponden… Empecé a escribirla en Cáceres II, dentro de la prisión, tenía poco más de dieciséis años y una condena que prometía mucho tiempo.

    Pero hubo un primer día en el que elegiste delinquir, ¿lo recuerdas? 
    Recuerdo el porqué. Yo no aguantaba más vivir con mis padres… y tenía diez años, ¿te imaginas todo lo que tenía que estar pasando? Por desgracia siempre me ha gustado vivir bien… No me quedaba más que robar para comer, para vestir, para salir, para enfrentar cada día... Aprendí a ser libre y después no era capaz de adaptarme a los reformatorios. Me escapaba de uno a otro, recorrí Segovia, Valladolid, Salamanca…

    Y así hasta que entras en la cárcel…
    Ese es el principio… o el fin de tantas cosas. Una vez que pasan los dos primeros años es como que te curtes, te haces, te aprendes las normas y te acomodas… pero los primeros años, cuando te condenan, es terrible. Entre siendo un niño y aprendí de todo… estudié pedagogía infantil, me saqué algunos títulos… sabes que todo el mundo necesita una escuela  para madurar, ¿no? La mía fue Cáceres II. Acababa de salir de primer grado y me metieron allí.

    ¿Primer grado? Así que en régimen de aislamiento… 
    Es terrible. Tú estás sólo en una celda muy pequeña… según pasan los días y dependiendo del comportamiento te dejan más o menos tiempo de patio dónde al menos ves la luz. En el centro donde yo estaba, en el año 87, te pasabas veintitrés horas al día chapado en la celda. Sólo cierra los ojos e imagínate veintitrés horas al día mirando la misma pared.

    ¿Y qué piensa un hombre veintitrés horas sólo consigo mismo?
    Aprende a pensar, que es lo mejor que puede hacer el ser humano. La cárcel te automatiza; haces lo mismo, te mueves igual durante las mismas horas, no puedes trabajar con nada… ni ver nada, ni entretenerte con nada. No hay nada. Nada salvo la cabeza; el coco que no para de dar vueltas.

    ¿Y sobre qué gira el coco durante veinte años?
    Piensa en todo… en lo realizable y en los sueños. A veces hasta te olvidas de que algún día tendrás la libertad. Yo me he entretenido observando a la gente, aprendiendo a entender el significado de una mirada, de una sonrisa, de un gesto sin preguntar a nadie… Todo se convierte en previsible. Hay muchos dentro que viven como entes… con la metadona no participan en actividades, sólo suben, bajan, duermen, comen, caminan; te atontan y pierdes la única herramienta que tienes: el pensamiento… Yo solía fijar la mirada en un punto del patio y me di cuenta que todas las personas que hay a tu alrededor tienen el mismo perfil, el mismo caminar, el mismo color de tez…

    Palizas a toda la galería… ¿leyendas de dentro de la cárcel que tu viviste en carne propia?
    Recuerdo unas navidades que nos pegaron a todos, a los cien reclusos de la galería de primer grado. Aquel día uno se había autolesionado, se había clavado algo en el estómago… el resto comenzaron a golpear las puertas fuerte para que vinieran los funcionarios y no muriera. La respuesta fue una paliza a cada uno. Yo no me enteré de nada… estaba escribiendo una carta y cuando me di cuenta tenía un porrazo en toda la cabeza… Todo eso yo creo que ya no existe a esos niveles, hay muchas injusticias, muchas cosas que cambiar... pero ya no pasa lo que pasaba antes. Bien por las denuncias, bien porque los presos también tienen unas mejores condiciones… no lo sé.

    ¿No te puede la soledad?
    No queda otro remedio que aprender a convivir con ella; vivir o morir. Vivimos en una sociedad muy intolerante; así que la soledad a veces es un regalo. Pasé esos dos primeros años más insociable que nunca pero más tranquilo que en segundo grado. Yo era muy rebelde, los nervios en la cárcel están afilados y es fácil buscarse problemas. Te preocupan las reacciones de los demás y las de ti mismo… y al final en la cárcel sólo existes tú.

    ¿Solía traicionarte la imaginación?
    Solía traicionarme la realidad. Son las rejas, los funcionarios, los internos, aquel drogadicto, aquel borracho, aquel violador… Y ahora estoy aquí sentado, hablando de lo que me apetece, sintiendo las hojas, el agua… la libertad.

    Y aún así, un índice de reincidencia de más del ochenta por ciento de los internos, ¿por qué? 
    No todos tenemos el prestigio ni la suerte de poder escoger. La cárcel es muy dura, tú la has visto… tú has entrado y has vivido por dentro una mínima parte de lo mal que funciona… pero hay gente que nunca jamás va a estar interesada en saber cómo pienso, ni ninguno de los que hay dentro…Yo jamás he visto entrar en mi módulo para ver qué pensamos y como somos ni al alcalde, ni a la policía, ni a nadie… no me los puedo imaginar allí. Y es que pertenezco a un colectivo, a una parte del mundo que no somos sociales del todo. Un preso está marcado para siempre… y a veces es muy difícil sobrevivir si no eres parte del mundo.

    ¿Y no hay otro sitio para huir del mundo que no sea una cárcel...? ¿realmente hay veces donde uno no puede elegir cambiar su vida?
    No sabes lo que es pasar hambre, Al. No lo sabes. No es sólo la droga, los vicios, la maldad… hay mucha gente que entra en prisión porque ha sufrido de hambre. Tú ves la tele, los coches, los chalets… y ves que te estás muriendo de hambre. Piensas, ¿aquí que coño pasa? Nadie quiere volver a la cárcel, pero es que hay momentos en los que tu conciencia pierde y gana en instinto de supervivencia. Yo he visto personas que se han pasado su vida traficando, gente que ha manejado mucho dinero y que ha sido parte de “la vida fácil” a lavar durante diez horas parabrisas en un semáforo. De atracador a limpiador… fíjate que cambio.

    ¿Y Arturo Seco que planes tiene?
    Readaptarse a la vida. No es nada fácil cuando te has pasado los últimos veinte fuera del mundo…Me gustaría coger un tren, irme lejos, empezar de cero… pero no es fácil.

    ¿No es fácil porque el mundo y Salamanca han cambiado mucho? 
    Salamanca sigue teniendo su esencia. Está más crecida, eso sí… me acuerdo de locales donde me he tomado una cerveza que ahora son grandes hoteles… Pero Salamanca como ciudad, esa sensación que da pasear por el centro, no cambiará nunca. ¿Sabes que pasa? Que ni los cambios técnicos ni el mundo superan los cambios que he sufrido yo, por eso ningún cambio me sorprende.

    ¿En qué has cambiado? 
    Ya no soy drogadicto, dejé de ser malo... Fui muy cruel con el mundo porque tenía mucha rabia acumulada dentro. Robábamos un banco y no me llegaba con robar, le daba un puñetazo al primero que encontraba… eso es ser malo; usar la violencia por usarla. He comprendido que la violencia no conduce a ningún lugar; pero no me lo ha enseñado la cárcel sino el tiempo. La cárcel te va dando títulos de delincuencia como si fuera la Universidad. Te va subiendo de escalas y te lleva hasta donde tú quieres. 

    Hace dos años te pregunté que ibas a hacer al salir, ¿recuerdas que me contestaste?
    Sí, lo que no esperaba es que lo recordaras tú… Supongo que estoy demasiado acostumbrado a que la gente, en Topas, no preste mucha atención a lo que dicen los otros. Te dije que quería comerme una hamburguesa… y lo cumplí. Un día, salíamos de no sé donde y pensé… ¡¡anda, la hamburguesa!! Las pequeñas cosas adquieren toda la importancia.

    ¿De que te preocupabas cuando estabas dentro?
    De sobrevivir. De defenderse y de que el tiempo pase sin volverte loco… El resto son problemas iguales a los de la gente que está fuera. También preocupa mucho pensar en salir; sobre todo los que no tienen una familia que les respalde al cien por cien. Pensamos en los problemas sociales, laborales… Yo le di mil vueltas a algo que no tiene solución. ¿En qué iba a trabajar? Pues evidentemente nadie me iba a querer en su empresa después de veinte años en la cárcel… un amigo, un familiar… pero es que cualquier persona con un dedo de frente (ni siquiera dos) en cuanto le dices que tu currículum son veinte años de cárcel ni se lo piensan. El pasado no te deja por mucho que tu quieras dejarlo. Uno trata de olvidar, trata de desconectar y al final… al final, ¿sabes que pasa? Que descubres que olvidas. Tanto, que has desconectado del mundo.

    ¿Y olvida uno también la monotonía de dentro cuando está fuera?
    El primer día por la noche ya sabía que me podía acostar a la hora que me diera la gana que el recuento no iba a venir… No me pasó como en el años 98 en el que acostumbrado a tirar la cucharilla del café en el patio de la cárcel después de usarla hice lo mismo en una cafetería. La gente flipó. Y yo también… ¡¡cómo se me pudo ir la olla!! Lo grave vino cuando termino de beber y lanzo con todas las ganas la taza de café para atrás también… un desastre. Es la costumbre de la cárcel… el hábito que te envolvía. La falta de realidad social.

    En Topas está todavía Jose, tu hermano pequeño ¿aprendió de ti?
    No. Cuando Jose empezó a delinquir yo ya estaba fuera de mi casa. Quiso él o quizás le influí sin querer, no lo sé. La familia es clave… vas creciendo y según la educación que te vayan dando tu vida cambia. Yo no tuve educación, yo no tuve unas pautas que poder seguir… Si veía una peli en la que se pegaban, pegaba…Yo no supe nunca jugar, nunca tuve infancia… Eso provoca que muchos de tus conceptos te falten. Te provoca rabia… si no has tenido lo bueno de la vida, si no has tenido la inocencia de la infancia ¿por qué tienes que callarte? ¿por qué tienes que adaptarte a unas normas sociales? Te sales de los esquemas.

    No pasa siempre que alguien diga las cosas tan claras como tú…
    ¿Es que me creerías si te cuento que cuando era pequeño vivía en un palacio? ¿qué estaba rodeado de juguetes? ¿qué tenia sueños por los que seguir? No, te lo digo yo, no me creerías. Me marché de casa con diez años, entré en el reformatorio con doce y a los dieciséis entré en la cárcel. Todo lo que se te presenta, debido a las circunstancias, te hace madurar pero de una forma tan dura que te sobrepasa. Con dieciséis años pedían para mí noventa y seis años de prisión fiscal… ¿cómo te enfrentas a eso? Te drogas, te desquicias, te vas a un mundo paralelo…

    Cuando vives durante veinte años triste, ¿es posible volver a ser feliz?
    Yo no soy feliz… llegué a pensar que se puede perder para siempre. Ahora sé que yo no la he perdido… la felicidad… pero aunque trato de reencontrarla hay sensaciones dentro de pesan duro. Aunque lucho cada día, de lo contrario, ¿qué me queda?

    Ahora que has salido, ¿tienes sensación a deuda cumplida?
    En serio que fue de los días más felices de mi vida. Pero no pensaba hacia delante, no pensaba en el futuro… pensaba en ese día, en mirar atrás y saber que no tenía nada pendiente. Me sentía tranquilo… que había cumplido con la sociedad y conmigo.

    Si tuvieras que definirte a ti mismo…

    Estúpido. ¿Sabes por qué? Porque es cierto eso de que unos nacen estrellados y otros con estrella. Pues yo he nacido estrellado, quise ser estrella y pasé de ser cualquiera de las dos cosas… pase a un tercer plano que ni siquiera está incluido en el dicho. Que malo es ambicionar. Yo ahora podía ser un principito con un pasado maravilloso... yo no quiero escoltas, no quiero criados, no quiero sueños… quiero vivir mi vida, levantarme a las siete de la mañana, currar… luchar por esa felicidad que casi pierdo para siempre.


    Arturo nunca deja de hacerme reír. Me impresiona ver como fija la vista al otro lado del cristal... como dice las cosas sin pensárselas dos veces, sentenciando cada respuesta con una contundencia casi estudiada; en medio de una lucha por aprender de lo vivido y olvidar cada rincón de su pasado. Me sorprende en cada trago de cerveza y en cada consejo; comprobar como hay cosas que no cambian  pese al nuevo escenario. 

    Al final, como siempre, cada uno cruza de nuevo esa línea invisible que separa unas vidas de las otras… La tarde ya era noche y Arturo piensa en su trabajo y en esos planes de viaje a no sé dónde que retomará mañana. Yo cumplo con otras cervezas pendientes y me entero de que ha muerto Rocío Jurado. Vuelvo a casa hablando contigo del distinto valor que tienen unas vidas de otras; de los entierros espectaculares y las muertes en vida. Dónde las líneas invisibles separan el cielo del infierno; las verdades de las mentiras; las historias de esos niños buenos que alguna vez echaron a caminan sin rumbo hacia un lugar que se pierde en  ninguna parte.


    Salamanca, Junio 2007. 


    Fotografía: Barroso
     La Gaceta de Salamanca




                                                                                                         

    martes, 19 de octubre de 2010

    ¿Bien ó te cuento?



    “Recurro sólo a las palabras que mejoren el silencio.
    Es lo que justifica el derecho a existir de una palabra”
    Eduardo Galeano
    Preguntas sin misterio y respuestas sin sentido. Entrevistas con forma de comunicado oficial. Palabras que solamente describen lo que ya todos intuíamos. Entrevistas de promoción que son el antimorbo de las entrevistas. Entrevistas ensayadas que dejan de serlo antes de empezar. Es una pena. Salvo puntuales excepciones -algunas, desde luego, brillantes excepciones-, el ritmo de las conversaciones que llenan los periódicos son, desde hace tiempo, pactos sociales y secretos a voces que convierten el periodismo en repetitivas frases que completan renglones, nada más. Periodistas que se dejan las orejas dentro de la redacción cuando salen a la calle víctimas de la prisa y personajes que responden lo mismo que han repetido en las cuarenta entrevistas que dejan detrás. Porque el reloj se convierte en el protagonista que le roba protagonismo a la vocación y a la propia vida.

    La actualidad le gana el espacio al carisma de las personas. El ritmo frenético que se lleva la vida y nos deja un segundo de tregua para hablar. En Uruguay cuando te cruzas en la escalera con un vecino o chocas en la calle con un compañero de facultad que lleva tiempo sin verte y pregunta "Hola, ¿qué tal?" la respuesta es siempre la misma... "¿bien ó te cuento qué tal?" ...

    Supe por Ana Tamarit -en una tertulia, por supuesto, sin prisas- que para ella el periodista vocacional  es una duda con patas que siente curiosidad por todo lo que se cruza en su camino. De Eduardo Galeano aprendí, -degustando jugo de naranja con calma de jubilada viuda-, que los hombres -e incluso los peores periodistas algo de humano debemos tener-, nacemos con dos orejas, dos ojos y una única boca por algún motivo divino: será que es más importante escuchar y observar que hablar. Yo, todo lo que aprendí de mi misma, es que tengo reacción alérgica a los encuentros que acaban antes de haberse dedicado cinco minutos y que los pactos se me dan bien cuando no se trata de tener que preguntar. Tengo fobia a las preguntas de manual con las que los periodistas atormentamos a los artistas que están promocionando su último disco, a los escritores que presentan por vigésima vez en su historia su novela principal o a los políticos que torean su futuro -y de paso yo a ellos y ellos a mí en tres minutos- en las butacas de la Casa Consistorial. Entrevistas ensayadas en las que no hace falta que nadie se dedique a preguntar. Exigencías del guión de una vida poco dispuesta a escuchar. Hace tiempo que ya no le encuentro el sentido.

    Decidí en algún momento dejar el periodismo que mata el tiempo del reloj por ese otro que reseca la nómina pero enriquece los sentidos. ¡Nada es perfecto! Dejé de cobrar por ejercer mi profesión y me dediqué a pagar el precio del café que me cuestan las tertulias con los que todavía tienen ganas de hablar de los sueños y de las promesas que se han hecho a sí mismos. Ganas de hablar, a secas. Y yo suelo tener ganas de escuchar a quien tiene algo que decir... Así fundé mi colección de historias... en las mesas del Café Gijón, entre las rejas de la cárcel de Topas, en los peldaños de la Plaza Mayor de Madrid, en las incómodas sillas del hospital La Paz, en el salón de su casa en Montevideo, en el Monasterio de Montserrat en Barcelona, en los despachos históricos del Senado, entre las paredes de la Biblioteca Nacional... con el único pacto de dejar el reloj esperando a la vuelta de la esquina... con la firme convicción de que la cita podía posponerse hasta el momento en que ellos sintiesen qué tenían ganas de contar... (no se crean, esta petición ha provocado varias bajas para siempre en mi lista de "deseadas entrevistas").

    Supongo que creo en el periodismo de charlas frente al café con pastas, de tertulias desenfadadas donde también quien habla descubre que hay cosas que todavía le sorprende acerca de sí mismo... donde hay algo que el entrevistado quiere contar y que el periodista no adivina que va a oír. Preguntar cuando desconocemos las respuestas. Entrevistas que no tienen prisa... que ya no se pagan porque ya no se venden... porque los cuaderos con plumas ya no se compran con dinero... el sueldo es el placer de cumplir con uno mismo... con la curiosidad propia... con pausa... sin prisa...

    Si quiere usted escuchar.. vuelva usted mañana... ¡¡será muy bienvenido!!