lunes, 29 de noviembre de 2010

A pesar de los kilómetros...





Las despedidas en las estaciones, cuando no quieres que sean, se convierten en fotogramas donde uno baja los brazos y no sabe hacia donde mirar. Son lugares cargados de nostalgia, de echar de menos... de promesas de reencuentros que nunca volverán a ser despedidas. Las estaciones me ponen triste, casi tanto como la nieve, casi tanto como el frío... casi tanto como la soledad...

Hoy fui a una estación en la que para llegar a donde no quería llegar tuve que correr. Me di cuenta mientras corría... siguiendo los pasos que alguien me marcaba. Eran casi las 16.30 y el autobús ya tenía el motor encendido. Mientras corríamos me di cuenta de que eso mismo es lo que nos sucede casi cada día... una escena donde corremos hacia delante, sin mirar a los laterales, sin saber a donde vamos a llegar. Correr por correr, correr desesperadamente.

Las estaciones me recuerdan a muchos momentos de mi vida... pero, sobre todo, a muchas personas de mi vida. Miradas y momentos que son parte de lo que soy. Recordé las noches enteras por llegar en busca de un abrazo que creía imprescindible. Recuerdo la cabeza apoyada contra el cristal contando los minutos que faltaban. Las mariposas en el estómago. Los reencuentros y las despedidas en las que siempre faltaban más besos, más caricias, más palabras... cuando todo era dificil. Cuando pudo ser fácil... el motor no arrancó.

Quisiera poder contabilizar los kilómetros que he hecho por el deseo inmenso de estar cerca. La distancia y echar de menos a alguien es un peso sólo comparable a la nieve y la niebla que me distancia del mundo hoy. Hoy en el andén, viendo como el autobús continúa su línea... pese a la nieve y al frío y a mi echar de menos... me di cuenta de que hay recuerdos tras los que no se puede correr.

Son recuerdos que no se buscan. Son ellos los que te encuentran a ti. Por encima de la nieve. Incluso cuando todo se llena de frío... A pesar de los kilómetros.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Hasta siempre, Mr. Berlanga


Foto: Jose Aymá - El Mundo


"Pensaba que lo más jodido de mi vida había sido la censura de Franco.
¡Pues no! Lo más jodido es la pérdida de la memoria" Berlanga, 2000
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"Lo bueno de tener años es que uno puede creer ya en lo que le de la gana"
Berlanga, 2010



El mundo debe andar mal, cuando todos los grandes se despiden. Berlanga había manifestado en varias ocasiones su preferencia de joderse ante el dolor, porque más le jodería morirse. Sin embargo, una vez más, defiende con hechos su pasión por la contradicción humana y se marcha por la puerta grande sólo unos días después de contar en exclusiva que seguía un tratamiento capaz de hacerle inmortal; consumía pastillas blancas contra el dolor ajeno. 

La misma contradicción con la que se despide es aquella con la que supo cambiar la fotografía de la memoria colectiva. La misma contradicción con la que manifiesta que lo bueno de tener años es que uno puede creer ya en lo que le de la gana, como si acaso Berlanga no fuera  durante toda una vida la muñeca y la mirada de un país dispuesto a reescribir su historia.

Dicen hoy las páginas de los periódicos que Luis G. Berlanga era una marabunta de ideas contrapuestas proyectándose en la vida misma y dispuesto a no olvidarla. Quizás eso explica que su educación jesuíta terminase por firmar una colección de publicaciones eróticas; que un vocacional estudiante de derecho hiciera justicia en los créditos internacionales de las pantallas de cine; que aquel juzgado por la dictadura como "un hombre sin conciencia de patriotismo" sea quien ha contado la historia de la nación de Franco a lo largo del mundo; que un eterno pacifista se alistase para ir el frente con el bando republicano y más tarde se uniese a la División Azul mientras redactaba en su cabeza los mejores guiones de la batalla interna de la Guerra Civil española.

Sólo hay algo que me parece más admirable que saber escribir un buen cuento, y es saber transcribir los cuentos que suceden en la vida. El Verdugo, Bienvenido Mr Marshall, Plácido... son las botas con la memoria puesta; la memoria que ahora se le escondía desde que el Alzheimer aterrizó en su vida. Hace ya varios años que leí a Borges diciendo que España era una película de Berlanga, y aquellas palabras se me clavaron a fuego porque él  logró contar una Guerra Civil a golpe de carcajadas de risa. Supo romper el rumbo dramático de las cosas para conseguir llenar la realidad de una forma distinta, rasgar y rescatar lo inolvidable condenado al olvido de la tristeza. Cuesta, y mucho, cambiar desde una España estancada en el silencio la forma en la que nos escribimos a nosotros mismos.

Y si Berlanga era el dueño del cine, también fue dueño de la provocación contra toda molestia, contra todo silencio.  También fue dueño del imaginario colectivo. Promotor provocador de los sueños  y pesadillas atrapados en el  siglo XX. Así se va, igual que vino. Alzando la voz en el salón de su casa, acompañado por la mujer que le sirve el café y las pastillas y por uno de sus nietos.  Dejándonos entrar  a través del ojo de las cámaras en la intima forma de terminar su vida. Escuchando como su voz resuena como contando la historia del mundo. Convirtiendo las ocho enfermedades que más muertes provocan mundialmente en pastillas de colores capaces de contar un cuento. Logrando que la publicidad de Médicos sin Fronteras se emita hoy en primera hora de todos los informativos. 

Ese, no podía ser otro, fue su último testimonio antes de bajar el telón para siempre. 




 




sábado, 6 de noviembre de 2010

Noche de magia




A lo lejos se escucha el sonido de la lluvia caer con fuerza sobre los cristales que dan al jardín. Es una noche de frío, de invierno toscano y batalla campal de sueños. Ella espera mirando el reloj de pared con una sonrisa mitad nerviosa, mitad cansada… lucha contra el sueño permanentemente por mantener los ojos abiertos. No quiere perderse la vida. Cree repasar sus últimos doce meses mientras los minutos del reloj se empeñan en retrasarse. Escucha pasos y promesas… y siente la pasión de la magia golpearle fuerte el pecho. Tierna, esconde su boquita bajo la sábana y la ilusión dentro de sus ojos grises. Ya casi llega mañana.

Imaginaba la lluvía desdibujando la figura de los tres, casi flotando sobre el asfalto. El camino que marcan los sentidos cuando todo pierde el sentido. A sus padres dormidos entre las sábanas de algodón gris. Rescató de su memoria la figura de la zapatilla de tela roja escarlata sobre la que colocó la carta. Imaginó la sorpresa de Sus Majestades al ver su dibujo debajo de la ventana. Le temblaban las rodillas... promesa de la llegada inmediata de todo lo que esperaba impaciente: una cestilla de dulces, unos guantes de colores vivos, una muñeca de trapo con inmensas trenzas de lana... La emoción explotaba en ella metida dentro de su cama... la intensidad de la magia que sólo regala la magia. La ilusión contenida. La incertidumbre.

Abrió los ojos. Miró el reloj. Salió de la habitación corriendo. Pestañeó de nuevo. Se dio la vuelta bruscamente convencida de que la sorpresa estaría a sus espaldas. Buscó una presencia de magia sentada al borde de la ventana, buscó una luz, una señal, una ilusión, un sueño... La luz del día había llegado, pero su pasado ya no estaba allí. Y las rodillas le temblaban, y los sueños se marchaban. Se le encogió el corazón y se le arrugó la piel. No encontró nada, más que la falta de brillo en su mirada No pudo ver nada. Giró sus pasos sobre sí misma, cabizbaja; esta vez más inmensa y más vacía que nunca. En cuestión de segundos se esfumó toda magia, toda ilusión, toda pasión de una noche que podría haber sido inolvidable. Se quedó a solas con el silencio que llevaba dentro.. con la nostalgia de sus últimos ochenta y seis años. de vida Arrastró su cuerpecito cansado y difuso entre enfermeras y ancianos que ni tan solo veía... Sin entender qué había pasado esta noche de Reyes... cambiando el sueño de colores por la realidad en escala de gris... Se escondió bajo las sábanas con un único deseo: comprender... Con la única esperanza: despertar en el cuerpo que ella imaginaba... volviendo a ser niña, dejando atrás la pesadilla de un cuerpo desgastado de cansancio y vejez. Olvidando ya para siempre aquella sala rota y fría de enfermos repletos de vista perdida... Buscando en su olvido permanente un único consuelo: que el alzheimer le regalase la posibilidad de creer que puede volver empezar de nuevo.


domingo, 24 de octubre de 2010

Cuando la conciencia pierde

"En la vida todos tenemos un camino, y ese camino hay que recorrerlo. Tarde o temprano las cosas que estaban previstas terminan pasando, es muy complicado que aprendas a esquivar tu destino”

Al final de la tarde decidimos que hay una línea muy fina que lo separa casi todo; la cordura de la locura, la verdad de las mentiras, la bondad de la maldad… los sueños de las pesadillas. Todo se basa en pequeñas decisiones o casualidades que te van llevando por un camino sin retorno, dónde las palabras, los escenarios o los brindis permiten que crucemos esas líneas entre la realidad y la ficción sólo algunas veces.

Cuando lo conocí llevaba algo más de dieciocho años en prisión, una larga lista de diarios que hablaban de la vida y una tendencia casi obsesiva a analizar todo lo que le rodeaba entre aquellas cuatro paredes. Ahora me invita a una cerveza mientras el Tormes le moja los pies, pierde la vista en el horizonte y me hace reír con esas anécdotas en las que convierte casi todo lo que hace. ¿Saben qué? No todos los días uno puede traspasar esa línea que divide su vida de las del resto… y es que en realidad, sólo hay una forma;  querer escuchar cuando alguien ha decidido contarlo.

Treinta y seis años; con diez dejaste la casa de tus padres, con doce entraste en un correccional de menores, cumpliste los dieciséis años en el calabozo e ingresaste en prisión donde pasaste los últimos veinte. Ahora estamos aquí…

Y que a gustito. Y que cambiado. Y que… la vida es un camino que te lleva todo recto. Los historiales nunca dicen el porqué de las cosas… quizás así todo tuviera un sentido. En todo caso, ¿sabes qué? No vale la pena envidiar a nadie, ¿para qué si tu vas a seguir siendo tú hasta que te mueras?

¿Explicas el por qué de tu vida en ese borrador de novela que estás escribiendo?
Se llama “Los chicos buenos también van al infierno”. Es una especie de biografía; me desahoga escribir y no conozco nada más que a mí mismo. El libro habla de que no siempre se elige, que los chicos buenos también se descubren en caminos que no les corresponden… Empecé a escribirla en Cáceres II, dentro de la prisión, tenía poco más de dieciséis años y una condena que prometía mucho tiempo.

Pero hubo un primer día en el que elegiste delinquir, ¿lo recuerdas? 
Recuerdo el porqué. Yo no aguantaba más vivir con mis padres… y tenía diez años, ¿te imaginas todo lo que tenía que estar pasando? Por desgracia siempre me ha gustado vivir bien… No me quedaba más que robar para comer, para vestir, para salir, para enfrentar cada día... Aprendí a ser libre y después no era capaz de adaptarme a los reformatorios. Me escapaba de uno a otro, recorrí Segovia, Valladolid, Salamanca…

Y así hasta que entras en la cárcel…
Ese es el principio… o el fin de tantas cosas. Una vez que pasan los dos primeros años es como que te curtes, te haces, te aprendes las normas y te acomodas… pero los primeros años, cuando te condenan, es terrible. Entre siendo un niño y aprendí de todo… estudié pedagogía infantil, me saqué algunos títulos… sabes que todo el mundo necesita una escuela  para madurar, ¿no? La mía fue Cáceres II. Acababa de salir de primer grado y me metieron allí.

¿Primer grado? Así que en régimen de aislamiento… 
Es terrible. Tú estás sólo en una celda muy pequeña… según pasan los días y dependiendo del comportamiento te dejan más o menos tiempo de patio dónde al menos ves la luz. En el centro donde yo estaba, en el año 87, te pasabas veintitrés horas al día chapado en la celda. Sólo cierra los ojos e imagínate veintitrés horas al día mirando la misma pared.

¿Y qué piensa un hombre veintitrés horas sólo consigo mismo?
Aprende a pensar, que es lo mejor que puede hacer el ser humano. La cárcel te automatiza; haces lo mismo, te mueves igual durante las mismas horas, no puedes trabajar con nada… ni ver nada, ni entretenerte con nada. No hay nada. Nada salvo la cabeza; el coco que no para de dar vueltas.

¿Y sobre qué gira el coco durante veinte años?
Piensa en todo… en lo realizable y en los sueños. A veces hasta te olvidas de que algún día tendrás la libertad. Yo me he entretenido observando a la gente, aprendiendo a entender el significado de una mirada, de una sonrisa, de un gesto sin preguntar a nadie… Todo se convierte en previsible. Hay muchos dentro que viven como entes… con la metadona no participan en actividades, sólo suben, bajan, duermen, comen, caminan; te atontan y pierdes la única herramienta que tienes: el pensamiento… Yo solía fijar la mirada en un punto del patio y me di cuenta que todas las personas que hay a tu alrededor tienen el mismo perfil, el mismo caminar, el mismo color de tez…

Palizas a toda la galería… ¿leyendas de dentro de la cárcel que tu viviste en carne propia?
Recuerdo unas navidades que nos pegaron a todos, a los cien reclusos de la galería de primer grado. Aquel día uno se había autolesionado, se había clavado algo en el estómago… el resto comenzaron a golpear las puertas fuerte para que vinieran los funcionarios y no muriera. La respuesta fue una paliza a cada uno. Yo no me enteré de nada… estaba escribiendo una carta y cuando me di cuenta tenía un porrazo en toda la cabeza… Todo eso yo creo que ya no existe a esos niveles, hay muchas injusticias, muchas cosas que cambiar... pero ya no pasa lo que pasaba antes. Bien por las denuncias, bien porque los presos también tienen unas mejores condiciones… no lo sé.

¿No te puede la soledad?
No queda otro remedio que aprender a convivir con ella; vivir o morir. Vivimos en una sociedad muy intolerante; así que la soledad a veces es un regalo. Pasé esos dos primeros años más insociable que nunca pero más tranquilo que en segundo grado. Yo era muy rebelde, los nervios en la cárcel están afilados y es fácil buscarse problemas. Te preocupan las reacciones de los demás y las de ti mismo… y al final en la cárcel sólo existes tú.

¿Solía traicionarte la imaginación?
Solía traicionarme la realidad. Son las rejas, los funcionarios, los internos, aquel drogadicto, aquel borracho, aquel violador… Y ahora estoy aquí sentado, hablando de lo que me apetece, sintiendo las hojas, el agua… la libertad.

Y aún así, un índice de reincidencia de más del ochenta por ciento de los internos, ¿por qué? 
No todos tenemos el prestigio ni la suerte de poder escoger. La cárcel es muy dura, tú la has visto… tú has entrado y has vivido por dentro una mínima parte de lo mal que funciona… pero hay gente que nunca jamás va a estar interesada en saber cómo pienso, ni ninguno de los que hay dentro…Yo jamás he visto entrar en mi módulo para ver qué pensamos y como somos ni al alcalde, ni a la policía, ni a nadie… no me los puedo imaginar allí. Y es que pertenezco a un colectivo, a una parte del mundo que no somos sociales del todo. Un preso está marcado para siempre… y a veces es muy difícil sobrevivir si no eres parte del mundo.

¿Y no hay otro sitio para huir del mundo que no sea una cárcel...? ¿realmente hay veces donde uno no puede elegir cambiar su vida?
No sabes lo que es pasar hambre, Al. No lo sabes. No es sólo la droga, los vicios, la maldad… hay mucha gente que entra en prisión porque ha sufrido de hambre. Tú ves la tele, los coches, los chalets… y ves que te estás muriendo de hambre. Piensas, ¿aquí que coño pasa? Nadie quiere volver a la cárcel, pero es que hay momentos en los que tu conciencia pierde y gana en instinto de supervivencia. Yo he visto personas que se han pasado su vida traficando, gente que ha manejado mucho dinero y que ha sido parte de “la vida fácil” a lavar durante diez horas parabrisas en un semáforo. De atracador a limpiador… fíjate que cambio.

¿Y Arturo Seco que planes tiene?
Readaptarse a la vida. No es nada fácil cuando te has pasado los últimos veinte fuera del mundo…Me gustaría coger un tren, irme lejos, empezar de cero… pero no es fácil.

¿No es fácil porque el mundo y Salamanca han cambiado mucho? 
Salamanca sigue teniendo su esencia. Está más crecida, eso sí… me acuerdo de locales donde me he tomado una cerveza que ahora son grandes hoteles… Pero Salamanca como ciudad, esa sensación que da pasear por el centro, no cambiará nunca. ¿Sabes que pasa? Que ni los cambios técnicos ni el mundo superan los cambios que he sufrido yo, por eso ningún cambio me sorprende.

¿En qué has cambiado? 
Ya no soy drogadicto, dejé de ser malo... Fui muy cruel con el mundo porque tenía mucha rabia acumulada dentro. Robábamos un banco y no me llegaba con robar, le daba un puñetazo al primero que encontraba… eso es ser malo; usar la violencia por usarla. He comprendido que la violencia no conduce a ningún lugar; pero no me lo ha enseñado la cárcel sino el tiempo. La cárcel te va dando títulos de delincuencia como si fuera la Universidad. Te va subiendo de escalas y te lleva hasta donde tú quieres. 

Hace dos años te pregunté que ibas a hacer al salir, ¿recuerdas que me contestaste?
Sí, lo que no esperaba es que lo recordaras tú… Supongo que estoy demasiado acostumbrado a que la gente, en Topas, no preste mucha atención a lo que dicen los otros. Te dije que quería comerme una hamburguesa… y lo cumplí. Un día, salíamos de no sé donde y pensé… ¡¡anda, la hamburguesa!! Las pequeñas cosas adquieren toda la importancia.

¿De que te preocupabas cuando estabas dentro?
De sobrevivir. De defenderse y de que el tiempo pase sin volverte loco… El resto son problemas iguales a los de la gente que está fuera. También preocupa mucho pensar en salir; sobre todo los que no tienen una familia que les respalde al cien por cien. Pensamos en los problemas sociales, laborales… Yo le di mil vueltas a algo que no tiene solución. ¿En qué iba a trabajar? Pues evidentemente nadie me iba a querer en su empresa después de veinte años en la cárcel… un amigo, un familiar… pero es que cualquier persona con un dedo de frente (ni siquiera dos) en cuanto le dices que tu currículum son veinte años de cárcel ni se lo piensan. El pasado no te deja por mucho que tu quieras dejarlo. Uno trata de olvidar, trata de desconectar y al final… al final, ¿sabes que pasa? Que descubres que olvidas. Tanto, que has desconectado del mundo.

¿Y olvida uno también la monotonía de dentro cuando está fuera?
El primer día por la noche ya sabía que me podía acostar a la hora que me diera la gana que el recuento no iba a venir… No me pasó como en el años 98 en el que acostumbrado a tirar la cucharilla del café en el patio de la cárcel después de usarla hice lo mismo en una cafetería. La gente flipó. Y yo también… ¡¡cómo se me pudo ir la olla!! Lo grave vino cuando termino de beber y lanzo con todas las ganas la taza de café para atrás también… un desastre. Es la costumbre de la cárcel… el hábito que te envolvía. La falta de realidad social.

En Topas está todavía Jose, tu hermano pequeño ¿aprendió de ti?
No. Cuando Jose empezó a delinquir yo ya estaba fuera de mi casa. Quiso él o quizás le influí sin querer, no lo sé. La familia es clave… vas creciendo y según la educación que te vayan dando tu vida cambia. Yo no tuve educación, yo no tuve unas pautas que poder seguir… Si veía una peli en la que se pegaban, pegaba…Yo no supe nunca jugar, nunca tuve infancia… Eso provoca que muchos de tus conceptos te falten. Te provoca rabia… si no has tenido lo bueno de la vida, si no has tenido la inocencia de la infancia ¿por qué tienes que callarte? ¿por qué tienes que adaptarte a unas normas sociales? Te sales de los esquemas.

No pasa siempre que alguien diga las cosas tan claras como tú…
¿Es que me creerías si te cuento que cuando era pequeño vivía en un palacio? ¿qué estaba rodeado de juguetes? ¿qué tenia sueños por los que seguir? No, te lo digo yo, no me creerías. Me marché de casa con diez años, entré en el reformatorio con doce y a los dieciséis entré en la cárcel. Todo lo que se te presenta, debido a las circunstancias, te hace madurar pero de una forma tan dura que te sobrepasa. Con dieciséis años pedían para mí noventa y seis años de prisión fiscal… ¿cómo te enfrentas a eso? Te drogas, te desquicias, te vas a un mundo paralelo…

Cuando vives durante veinte años triste, ¿es posible volver a ser feliz?
Yo no soy feliz… llegué a pensar que se puede perder para siempre. Ahora sé que yo no la he perdido… la felicidad… pero aunque trato de reencontrarla hay sensaciones dentro de pesan duro. Aunque lucho cada día, de lo contrario, ¿qué me queda?

Ahora que has salido, ¿tienes sensación a deuda cumplida?
En serio que fue de los días más felices de mi vida. Pero no pensaba hacia delante, no pensaba en el futuro… pensaba en ese día, en mirar atrás y saber que no tenía nada pendiente. Me sentía tranquilo… que había cumplido con la sociedad y conmigo.

Si tuvieras que definirte a ti mismo…

Estúpido. ¿Sabes por qué? Porque es cierto eso de que unos nacen estrellados y otros con estrella. Pues yo he nacido estrellado, quise ser estrella y pasé de ser cualquiera de las dos cosas… pase a un tercer plano que ni siquiera está incluido en el dicho. Que malo es ambicionar. Yo ahora podía ser un principito con un pasado maravilloso... yo no quiero escoltas, no quiero criados, no quiero sueños… quiero vivir mi vida, levantarme a las siete de la mañana, currar… luchar por esa felicidad que casi pierdo para siempre.


Arturo nunca deja de hacerme reír. Me impresiona ver como fija la vista al otro lado del cristal... como dice las cosas sin pensárselas dos veces, sentenciando cada respuesta con una contundencia casi estudiada; en medio de una lucha por aprender de lo vivido y olvidar cada rincón de su pasado. Me sorprende en cada trago de cerveza y en cada consejo; comprobar como hay cosas que no cambian  pese al nuevo escenario. 

Al final, como siempre, cada uno cruza de nuevo esa línea invisible que separa unas vidas de las otras… La tarde ya era noche y Arturo piensa en su trabajo y en esos planes de viaje a no sé dónde que retomará mañana. Yo cumplo con otras cervezas pendientes y me entero de que ha muerto Rocío Jurado. Vuelvo a casa hablando contigo del distinto valor que tienen unas vidas de otras; de los entierros espectaculares y las muertes en vida. Dónde las líneas invisibles separan el cielo del infierno; las verdades de las mentiras; las historias de esos niños buenos que alguna vez echaron a caminan sin rumbo hacia un lugar que se pierde en  ninguna parte.


Salamanca, Junio 2007. 


Fotografía: Barroso
 La Gaceta de Salamanca




                                                                                                     

martes, 19 de octubre de 2010

¿Bien ó te cuento?



“Recurro sólo a las palabras que mejoren el silencio.
Es lo que justifica el derecho a existir de una palabra”
Eduardo Galeano
Preguntas sin misterio y respuestas sin sentido. Entrevistas con forma de comunicado oficial. Palabras que solamente describen lo que ya todos intuíamos. Entrevistas de promoción que son el antimorbo de las entrevistas. Entrevistas ensayadas que dejan de serlo antes de empezar. Es una pena. Salvo puntuales excepciones -algunas, desde luego, brillantes excepciones-, el ritmo de las conversaciones que llenan los periódicos son, desde hace tiempo, pactos sociales y secretos a voces que convierten el periodismo en repetitivas frases que completan renglones, nada más. Periodistas que se dejan las orejas dentro de la redacción cuando salen a la calle víctimas de la prisa y personajes que responden lo mismo que han repetido en las cuarenta entrevistas que dejan detrás. Porque el reloj se convierte en el protagonista que le roba protagonismo a la vocación y a la propia vida.

La actualidad le gana el espacio al carisma de las personas. El ritmo frenético que se lleva la vida y nos deja un segundo de tregua para hablar. En Uruguay cuando te cruzas en la escalera con un vecino o chocas en la calle con un compañero de facultad que lleva tiempo sin verte y pregunta "Hola, ¿qué tal?" la respuesta es siempre la misma... "¿bien ó te cuento qué tal?" ...

Supe por Ana Tamarit -en una tertulia, por supuesto, sin prisas- que para ella el periodista vocacional  es una duda con patas que siente curiosidad por todo lo que se cruza en su camino. De Eduardo Galeano aprendí, -degustando jugo de naranja con calma de jubilada viuda-, que los hombres -e incluso los peores periodistas algo de humano debemos tener-, nacemos con dos orejas, dos ojos y una única boca por algún motivo divino: será que es más importante escuchar y observar que hablar. Yo, todo lo que aprendí de mi misma, es que tengo reacción alérgica a los encuentros que acaban antes de haberse dedicado cinco minutos y que los pactos se me dan bien cuando no se trata de tener que preguntar. Tengo fobia a las preguntas de manual con las que los periodistas atormentamos a los artistas que están promocionando su último disco, a los escritores que presentan por vigésima vez en su historia su novela principal o a los políticos que torean su futuro -y de paso yo a ellos y ellos a mí en tres minutos- en las butacas de la Casa Consistorial. Entrevistas ensayadas en las que no hace falta que nadie se dedique a preguntar. Exigencías del guión de una vida poco dispuesta a escuchar. Hace tiempo que ya no le encuentro el sentido.

Decidí en algún momento dejar el periodismo que mata el tiempo del reloj por ese otro que reseca la nómina pero enriquece los sentidos. ¡Nada es perfecto! Dejé de cobrar por ejercer mi profesión y me dediqué a pagar el precio del café que me cuestan las tertulias con los que todavía tienen ganas de hablar de los sueños y de las promesas que se han hecho a sí mismos. Ganas de hablar, a secas. Y yo suelo tener ganas de escuchar a quien tiene algo que decir... Así fundé mi colección de historias... en las mesas del Café Gijón, entre las rejas de la cárcel de Topas, en los peldaños de la Plaza Mayor de Madrid, en las incómodas sillas del hospital La Paz, en el salón de su casa en Montevideo, en el Monasterio de Montserrat en Barcelona, en los despachos históricos del Senado, entre las paredes de la Biblioteca Nacional... con el único pacto de dejar el reloj esperando a la vuelta de la esquina... con la firme convicción de que la cita podía posponerse hasta el momento en que ellos sintiesen qué tenían ganas de contar... (no se crean, esta petición ha provocado varias bajas para siempre en mi lista de "deseadas entrevistas").

Supongo que creo en el periodismo de charlas frente al café con pastas, de tertulias desenfadadas donde también quien habla descubre que hay cosas que todavía le sorprende acerca de sí mismo... donde hay algo que el entrevistado quiere contar y que el periodista no adivina que va a oír. Preguntar cuando desconocemos las respuestas. Entrevistas que no tienen prisa... que ya no se pagan porque ya no se venden... porque los cuaderos con plumas ya no se compran con dinero... el sueldo es el placer de cumplir con uno mismo... con la curiosidad propia... con pausa... sin prisa...

Si quiere usted escuchar.. vuelva usted mañana... ¡¡será muy bienvenido!!


domingo, 17 de octubre de 2010

La venganza de la vejez o las palabras de un Nobel

Foto: Mercedes Buceta, víctima del mal de Alzheimer. Mi bisabuela.



"El olvido está lleno de memoria". MB

Tenía la mirada perdida en algún lugar más allá de sus ilusiones, en la nostalgia inexistente de su juventud escondida en alguna caja de zapatos llena de viejas fotos, las suelas se gastaron allí donde nadie podía llegar. Él le devolvía el gesto con los recuerdos fijados en aquellos besos que estaban en el aire cuando aún no se besaban, en los sueños compartidos, en los abrazos rotos bajo escenas de cama que les robaron a la vejez.

Durante años ella le pidió que le contase con los ojos cerrados el mágico cuento de cómo se habían conocido... Él le dijo seguro de sí mismo, hace más de cincuenta años, que era un placer volver a verla al minuto siguiente de haberse visto por primera vez... la llevaba en sus sueños y tres meses después se habían casado... Él ahora lo repetía incansable y susurrante a su oído una y otra vez, una y otra vez... ella sólo lo miraba. A veces lloraba... él, expectante, buscaba en ella la firmeza de un recuerdo imposible, la emoción de reencontrarse con su propio mundo... pero ella sólo escondía sus ojos bajo la tela temiendo la cálida mano de un completo extraño que la atacaba con palabras que no decían nada... Ese amor fue entonces un obstáculo entre su yo, su soledad y su eco... él un cuerpo enamorado incapaz de despertarla del olvido, aunque sabe que el olvido está lleno de memoria...  

Esta mañana le acariciaba las mejillas mientras ella enmarcaba un gesto temeroso y frío... hoy le pareció, más que nunca, el reflejo fiel de una persona que ha perdido el alma. Las promesas de caminar de la mano hasta el final de sus vidas se perdían ahora en el olvido... en la enfermedad sombría que les aplastaba. La distancia era más eterna cada día... aunque de nuevo se arreglaba la corbata jurándose a sí mismo que lo intentaría hoy con más ganas, que el color granate era su preferido, que ella sabría reconocerlo aunque no quisiese decir nada... como cuando se enfadaba porque llegaba tarde a recogerla las mañanas de domingo. Imaginaba que ella se enfurruñaba provocando una reconciliación a la hora de la siesta. Hacía casi dos años que el abrazo ya nunca regresaba. El aire corría hasta envolverlo todo de silencio y de vacío. Él buscaba en ella a su mitad. Ella buscaba en él las respuestas que ya no se preguntaba.

Esta mañana escribí esta historia en servilletas mientras veía desde la ventana de una cafetería a dos viejecitos cogidos de la mano en la Plaza Dos de Mayo, en Malasaña. Minutos más tarde una hoja de papel me contaba una historia diferente. Aquí la tienen... la sentencia compartida que firma D. Drauzio Varella, Premio Nobel de Medicina:

En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de senos grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven.


Inevitablemente el mundo funciona por la cruel justicia de la oferta y la demanda. Y el ser humano parece estár condenado a ser víctima de la nueva religión que rinde culto al botox. Quizás el mal de Alzheimer sea entonces la salida de la esclavitud del plástico por fuera y el alma enmascarada. El olvido, por ahora, roba la voz a aquellos cuya vida ya no tiene demasiado sentido... roba sueños, roba promesas, roba el valor de la vida... y roba la posibilidad de quejarse... de gritarlo.

Últimamente paso muchas horas a la semana en los pasillos blancos de los hospitales de Madrid, y más veces de las que jamás hubiera imaginado descubro que la vocación y la ética de muchos profesionales no sólo funcionan por el tradicional sistema de compra-venta, sino que además, a menudo, buscan un prestigio internacional que sólo prometen algunas ramas determinadas. Las conocidas como enfermedades raras se duermen en el olvido de muchos despachos vacíos. Y también otras... como el Alzheimer... cruel venganza de la vejez, síndrome que sufren más de 35 millones de personas en el mundo, caminan tan despacito que a veces es la enfermedad la que se contagia en los pasillos de los hospitales... profesionales cansados de que sus investigaciones sean un grano de arena sin avances signicativos ni ingresos cuantiosos en su nómina mensual...

Al enfermo le roban la identidad y las palabras... y a los demás nos deja sin memoria compartida. Y nos obligan a caer en el olvido. Aunque sí, ya lo sé, aunque el olvido esté siempre lleno de memoria... tal vez plastificada.


martes, 12 de octubre de 2010

Entrevista pendiente con el secundario imprescindible



"Nunca me consideré simpático, por lo que tuve que aprender a reír, hablar y sentir como si lo fuera"

"Hay dos cosas en la vida que quiero por encima de todo: me gustan las mujeres y los percebes. Y las mujeres, siendo bajito, siempre son difíciles". 

Manuel Alexandre


Recuerdo hacer cola en la larga fila de uno de los cines de Punta Carretas, en el corazón de Montevideo. Llovía a cántaros aquel día de invierno gris, y una persona me acompañaba tratando de convencerme sobre el tamaño de la bolsa de palomitas. Se juntaban entonces dos actores que nunca me han decepcionado… ella por su don para conseguir dar a cualquier personaje la capacidad de contagiar alegría… él porque hay miradas que más que reflejarse en la pantalla se sientan contigo a tomar el desayuno. Pocas promesas me regalaron tanta ilusión y tanta ternura como aquella historia de amor entre China Zorrilla y Manuel Alexandre. La película era Elsa y Fred, dos octogenarios locos dispuestos a saltarse la rutina para ser felices en escenas absolutamente inolvidables. Un beso rodado que he querido compartir, muchas veces después, con las personas más especiales de mi vida. Y cada vez que recurro a ellos he reído y he llorado.

Me hubiera gustado conocerle desde que supe que llevaba en un calcetín el primer duro con el que le pagaron por hacer teatro. Preparé varias veces una entrevista en mi cabeza -deformación profesional-, a sabiendas de que a Manolito nunca le gustaron los periodistas. Él decía que la peor parte de una película era la obligación de promocionarla. Me resigné a documentarme y disfrutar de su trabajo y ser crítica sin nada que decir. Fue hace un par de años en Madrid cuando la suerte se cruzó en mi camino y mi amigo Onofre Villa, camarero durante más de cincuenta años del mágico Café Gijón, me ofreció un encuentro en la mesa donde Alexandre solía tomarse un té con leche cada día a partir de las cinco; allí me contaron que me esperó una tarde, asomado a la misma ventana de la Castellana dónde décadas atrás formó parte de la famosa tertulia de poetas que Gerardo Diego presidió. El reloj y la casualidad quiso que yo, maldita sea, nunca llegara a esa cita. Comencé un largo viaje y cuando volví Onofre estaba jubilado y Manuel ya no frecuentaba a diario el Gijón. Hoy lo siento más que nunca, no encuentro en la hemeroteca de ningún periódico las respuestas a mis preguntas... Desgraciadamente, hay tertulias que no pueden trasladarse a mañana

Hoy sé que ya no podré saber más de lo poco que sé... sin debate sobre la extendida vocación de actores porque es la mejor forma de ser hipócrita sin tener que inventarse justificación alguna. Con menos de veinte años Manuel fue aspirante a letrado, aunque meses después lo dejó por el Periodismo; de ninguna de las dos llegó a examinarse porque la Guerra Civil lo encontró en Madrid dispuesto a subirse al escenario del Teatro Español. Su Benitez de Atraco a las tres le dejó algunas de las relaciones más especiales en su vida. Tuvo que pasar de los ochenta años para tener su primer papel protagonista y Cuerda, Berlanga y Bardem supiron dirigirle como nadie aunque fue Antonio Mercero quien firmó su salida por la puerta grande del cine español.




Manuel Alexandre se escondió disimuladamente tras las tablas en aquel Madrid con hambre y frío de los años treinta y, desde allí, humildemente y casi a tientas saltó a los créditos de más de 300 películas.  No hizo falta dejar de ser el eterno secundario para convertirse en el imprescindible rey de reparto de muchas de nuestras mejores escenas. Nunca tuvo el mejor caché en el panorama cinematográfico, le faltaban centímetros de altura para besarse con la protagonista y en la época del destape ni siquiera le dieron la posibilidad de compartir una sola vez escena de cama ni con Gracita Morales… pero se ganó el corazón del público y los compañeros de rodaje, consiguió darle humanidad incluso a los personajes más rudos, fue admirado y adorado por los más grandes…Fernán Gómez, Álvaro de Luna, Alfredo Landa, López Vázquez o Agustín González que además de sus compañeros fueron también sus mejores amigos… Alexandre consiguió con su voz temblorosa, su mirada limpia y su peculiar forma tierna de enfadarse lo que muy pocos profesionales consiguen y conservan a lo largo de toda una vida… mantenerse presente en las listas de los directores de las generaciones que van llegando… invadir de talento guiones que explotan de ironía, de compromiso, de venganza, de humor, de amores, de soberbios, canallas, entrañables e incluso a Franco supo por algunas horas devolverle la vida... Manolito supo llenar una trayectoria de arte desde que empieza hasta que se marcha … ser un secundario en primera plana... ser prioritario y excelente en su profesión hasta el último momento de su vida…

Y mañana saldrá del Teatro Español de Madrid, ciudad en la que actuó por primera vez hace más de setenta años, con la voz dormida por los aplausos y en hombros por la puerta grande de los inolvidables, ed los inalcanzables. Aunque a mi se me haya hecho corto… aunque ahora sea yo quien espere siempre con un té en la mesa de piedra del Café Gijón que acuda puntual a la cita…





viernes, 8 de octubre de 2010

Mario


De mis actos de rebeldía... y conversaciones con mis amigos.
Vayan por delante mis respetos a Vargas Llosa.

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...mi padre siempre decía que la vida era simple. Que bastaba con desear con mucha fuerza algo o alguien para obtenerlo. Y el fracaso no era más que la prueba de que el deseo no había sido suficientemente intenso…
(El marido de la peluquera. Leconte) 


Mario Vargas Llosa y Mario Benedetti han sido eternos rivales en las listas de candidatos latinos a los premios de literatura más importantes del mundo... entre ellos, por supuesto, el Nobel. Si en realidad a Mario le importaba, nunca dejó que yo me diera cuenta... pero a mí si me importaba, me importó siempre y me importó mucho. Ahora sólo me importa que no esté sentado en su butaca para que me diga con su acento dulce que en realidad La ciudad de los perros habla más de la vida que nada que haya escrito un funcionario montevideano que escupía poesía desde las seis de la mañana compulsivamente. Él apreciaba como amigo y escritor al peruano, pese a las polémicas discrepancias políticas de las que hicieron partícipe varias veces a la opinión pública. Seguro que esta mañana al recibir la noticia se hubiera alegrado, le hubiera hecho una llamadita y seguiría sentado en su mesa escribiendo sobre las historias que suceden en la izquierda del mundo. Para Mario lo que decía un niño con frío sentado en una esquina cualquiera tenía más mérito que nada de lo que él escribía. Supongo que era parte de su encanto; que nunca dejó de escuchar y de admirar a los que le rodearon hasta el último suspiro. Que nunca le costó reconocer méritos ajenos. Que nunca creyó que le correspondiera por derecho el Cervantes o el Nobel de Literatura. Que siempre cedió su talento a las historias que nacen de lo que contaron otros. Que fue la pluma de lo simple.. de lo humano... de lo tierno.

Hoy que todo el mundo cita a Mario -Vargas Llosa-, hoy que descubro que realmente levanta pasiones que a mi apenas me han rasgado, yo quería recordar a Mario, a las veces que he pensado cuando salía el siempre lejano nombre del último premiado, que el año siguiente sería por el fin el momento de recibir el suyo; hoy estoy convencida de que el Nobel no ha sido para él sólo porque Marío nunca lo ha deseado con la misma fuerza, con el mismo ímpetu, con las misma necesidad de reconocimiento de los que sí sí lo han conseguido... Mario tenía deseos mucho más importantes.

Mario no quiso esperar a que en Suecia dijeran su nombre...
Porque su táctica era la humildad.
Porque su logro era el cariño.
Porque el premio que perseguía era no echar más de menos ni vivir más en pasado. Porque su premio era Luz. Y su deseo compartido.

Enhorabuena siempre, Mario.



es tan lindo / saber que usted existe / uno se siente vivo 
 y cuando digo esto / quiero decir contar  / aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco / no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio / sino para saber / a ciencia cierta
que usted sabe que puede / contar conmigo.

Mario Benedetti

martes, 5 de octubre de 2010

La intuición: cuando sin pensar se siente





A Jordi, saldando deudas con su inspiración


Se cruzaban en un café cada mañana, a la hora del desayuno; y durante horas se pensaban recordando un futuro que nunca habían vivido. Coincidían en el autobús, puntuales a la vuelta del trabajo poco después de las seis; hasta que ella lo invitó a café en la misma mesa que siempre lo había imaginado. Siempre leían el periódico en el mismo banco del parquecito los domingos, esperándose, saludándose con la intuición y sin palabras. Solían chocar sus dedos cuando se disponían a pulsar el botón del ascensor, ella iba al séptimo y él al quinto, se miraban a los ojos a la altura del segundo piso… dibujando sueños en el aire. Los dos cambiaron la oficina gris de Madrid donde se saludaban cada mañana y tropezaron en el mercado de Marrakech un jueves del mes de julio… Varias parejas situadas en diferentes lugares del mundo. Es la magia de las casualidades. De los momentos que aún no encuentran sentido o que no se han vivido todavía. Es el protagonismo de la emoción. La sonrisa de los pequeños detalles.

Se convierten en minúsculos sueños que recuerdas antes de que lleguen a pasar, sucesos que no sabemos que lo son, personas que sabes que alguna vez has encontrado, caricaturas de magia que prometen un presente distinto. Momentos perdidos o aislados en medio de la nostalgia o del infinito. Son miradas. Son rincones. Vidas cruzadas. Instantes que hacen que se mueva con más fuerza el corazón. ¿Qué une a la gente que no se conoce? ¿qué cantidad de recuerdos se agolpan en el subconsciente y por qué, de pronto, lo intuimos? ¿cómo una casualidad puede despertar el recuerdo... una señal del pasado o del futuro? ¿Cómo se registra un acontecimiento tan atado a un sentimiento? Como sabemos que la vida puede cambiar de repente, y a pesar de todo.

Descartes decía que la intuición es la capacidad de aplicar el conocimiento inmediato. Para Burke y Miller es la solución de problemas realizada de modo inconsciente y se basa en el saber acumulado por la experiencia cotidiana, una intervención automática del subconsciente. Albert Einsten, muy claro, decía que la intuición era la única cosa realmente valiosa en el mundo. Mi amigo Jordi Cristau, mucho más interesante que cualquiera de ellos, piensa que la intuición es, simplemente, el mayor don que nos ha dado la vida, la fuerza más poderosa que nace del ser humano, el subconsciente luchando contra las trivialidades y las rutinas… capaz de hacernos ver que vale la pena creer en lo que nos dice el corazón. Jordi Cristau dice que la intuición es la culpable de darnos la magia para enamorarnos...

La vida está hecha de pequeñas escenas sin final y sin principio definido. Está hecha de pequeñas conexiones que no tienen explicación, ni conclusión, ni causa. Está hecha de momentos que valen la pena. Ponemos el acento en la lógica de lo racional, y olvidamos las situaciones que ponen en marcha nuestro destino. Y vivir no tiene ninguna razón. Al fin y al cabo, casi nada tiene sentido. Salvo la magia que provoca la intuición cuando, sin pensar, de verdad se siente.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Café en Malañasa o el bloqueo de la locura




Las palabras tienen otro sentido cuando salen desde el interior de una cárcel. Las conversaciones, incluso cuando el tema es el tiempo, o la música, o en silencio, o los sueños... son diferentes cuando se viven entre muros capaces de aislarte incluso de la vida, incluso de tí. Esa sensación, que viví cada día durante varios años cuando trabajaba en prisiones, se repite cada vez que descuelgo el teléfono y las historias me sacan de un café en Malasaña para llevarme, de golpe, al otro lado de unas rejas.

Durante años... dediqué mucho de mi tiempo a escribir, como siempre en servilletas, historias que necesitaba hacer oír en algún lugar... a quien quisiera y sobre todo a quien no quisiera escucharlas. Con el tiempo, me rendí. E incluso yo dejé de creer que era necesario llevar fuera de la cárcel las tristezas que nos superaban dentro. Cambié mi revolución penitenciaria por esa sensación a inmensidad bloqueada, a impotencia provocada por la sociedad indiferente y dormida... una sensación que se repite en cuanto suena el teléfono y la voz me llega desde dentro de unos muros y hacia dentro de la conciencia.

Jose Acosta es una de las personas más nobles que me he cruzado en mi camino. Lleva nueve años encerrado en Salamanca y hoy me habla de las promesas que cuando un interno sale a la calle olvida tratando de enterrar su propia historia. Me habla de sus veinticinco años cuando ha pasado los cuarenta porque es la única etapa de su vida que no puede ni quiere olvidar; me habla de recuperar el tiempo perdido. Me habla del minuto que supo que, primero su madre y después su padre, habían muerto sin tiempo de despedidas. Me habla de un barrio que ya no conoce más que en sus recuerdos, de una profesión que ha olvidado, de una noviecita adolescente que quiere buscar aunque sabe que no encontrará nunca porque ya no existe... Me habla, me habla... y sabe que las imágenes que retoma en su cabeza son reflejos que ya nadie comparte porque quizás nunca han existido... porque nacen del deseo infinito de encontrarse a sí mismo otra vez.

Y es que pocas palabras me dicen más que cuando me las dicen ellos... por los millones de pensamientos a solas que hay detrás de cada renglón; por la tristeza, por la angustia y la ansiedad consumida entre unos muros vacíos de vida. Porque cada día son muchos años, porque cada despertar nunca termina y las noches son sólo noches a secas... sin abrazos, y sin presente, y sin la capacidad simple y llana de poder crear sonrisas que se conviertan en recuerdos.

La vida entre rejas es una vida que roba vida, y regala cientos de sueños que mueren antes de vivir. La falta de libertad roba la posibilidad de seguir utopías... ¿y qué somos, si nos enjaulan el alma? En ningún otro lugar como en la cárcel he visto a los seres humanos luchar por crearse una fachada que les aleje de esa forma de sí mismos, que les aparte de su identidad y de sus ilusiones y de cualquier atisbo de sueño capaz de hacerse realidad. Ahogan la imaginación por miedo a caer en la locura, sin darse cuenta de que la locura es la única forma que tienen de salvarse.

Porque la vida en la cárcel es el epicentro de toda distancia y de toda nostalgia... incluso hacia lo que siente uno mismo; porque la angustia y la ansiedad quita protagonismo a cualquier otro sentimiento que despunte. Y es que lo peor de la distancia no es sólo sentirla, sino saber que no va a detenerse, que no importan los trenes ni los coches que puedas tomar algún día, porque nada puede acercarte a tu tiempo perdido, porque no hay remedio posible más allá de los sueños ni la imaginación y, aún así, evitas caer en ellos para censurar tu locura. Que las circunstancias han bloqueado tu carretera con un árbol talado a mitad de tu camino. Que tu corazón son las palabras a escondidas desde un chabolo antes de que el funcionario decida que es la hora del recuento y de apagar la luz. Que decida tu hora para quedarte a oscuras... para devolverte a la noche sin promesas y sin abrazos, devolverte a tu reencuentro obligado con cada día de tu vida que no has podido sentir... un reencuentro con la tristeza que, inevitablemente, continuará mañana... mientras yo regreso a mi café en Malasaña y tú luchas, incansable, por bloquear la locura.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

En el pasaporte...


Sólo hay un lugar donde las fronteras merecen la pena... en las páginas selladas de un pasaporte


sábado, 18 de septiembre de 2010

En las letras de las canciones



Hay noches en las que lo tienes todo a pesar de nada. A pesar de ti, a pesar de echar de menos, a pesar de los planes que no has cumplido… que no has sabido cumplir. Hay noches en las que tengo la mala o buena costumbre de encerrarme sólo en mí… en las que basta con tener la cabeza apoyada contra el respaldo del sofá mirando al techo y una multitud de cigarros dispuestos a escuchar fijándose en mis ojos cerrados desde el cenicero. Hay noches, no muchas, donde no pides nada más que encontrarte a ti mismo. Quizás por casualidad.

Hoy los cojines me hacen compañía y me sonríen intercambiando miradas, un apoyo incondicional; impacientes y alerta ante los cambios de postura, por si me dejo caer contra ellos; a veces me empeño en lanzarlos hacia arriba para sentir el aire moviéndose mientras cumplen con la gravedad. Hace unos diez minutos que me ensaño con ellos. Y con los recuerdos del año más feliz de mi vida. Es la forma de saber dónde voy. A dónde quiero llegar.

Prometo que esta noche traté de escribir sobre el aniversario del asesinato de Víctor Jara y el día en que millones de mexicanos brindan con tequila por la independencia de México. La noche del 15 al 16 de septiembre. Amarga casualidad y amargo tema difícil para que esta noche tuviera un hueco en esta habitación vacía que se termina en mí. Se ensañan conmigo las decisiones pendientes, las canciones que me empeño en escuchar, los pasos que tengo que seguir y las opciones que van a la deriva.

Esta noche sólo he dejado entrar al humo para que se entretuviera con los cojines y esas canciones que se repiten buscando algo que yo sola no encuentro. Me pregunto dónde estás… pero sobre todo me pregunto dónde estoy. Y cómo reencontrarme con lo que busco.

Hoy sé que mis letras no tienen mucho sentido, porque sólo me definen a mí. Hay palabras, historias, que crees que realmente crees… y que dices a los demás cómo si tú alguna vez lo hubieras comprobado, así que esas palabras vistas en soledad son, tal vez, sólo hipocresías compuestas de Nada. Viles y nefastas hipocresías. ¿Serán así las letras de estas canciones? Quizás ahora yo sé que llevo toda la semana rellena de humo dispuesto a escapar y me propongo avanzar mientras bebo copas de ron con zumo de naranja, que es una combinación patentada por la ilógica profunda más radical. La verdad, es que llevo toda la noche removiendo la ceniza del tabaco con la colilla y decidida a no escribir sobre nada mientras escribo… y vuelvo a empezar...es algo así como sentarse a ver girar la lavadora, como pedalear en una bici estática, como hacer repaso de tu pasado sin decidir que quieres para tu futuro.

Y sé que hay muchas palabras que no me salen mientras tengo la cabeza apoyada contra el respaldo gris de mi sofá. Y la multitud de cigarros se acumula. Y ahora sé que busco el mar, y las olas, y algunas conversaciones... y busco encontrarme con el barco que está a la deriva… Entre el vaivén de las bocanadas. En los momentos en que me encuentro sólo a mi. Sin disfraz. Con el espacio que le cedo esta noche a los mensajes que me prestan las letras de las canciones… Y con la ventaja que me cedo a mi misma. Al lugar donde he sido feliz. Y a mi soledad.  A los pasos que sé que quiero seguir. A mis buenas noches. A tus buenas noches.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Historia de lo Invisible





"Para eso sirve la utopía, sirve para caminar"
Eduardo Galeano


En el corazón de la tierra, el mundo tiene a veces los pies para arriba y el corazón enmudecido por el poder y el miedo. Lo invisible, extendido como el viento a lo largo y ancho del planeta, se deja entrever pocas veces detrás de lo que es importante para los importantes. Lejos, en los suburbios de los extrarradios, miles de personas gastan su voz sin poder decir nada porque nadie les escucha, luchan por subsistir entre la miseria y el hambre, entre la falta de educación y la tristeza. Gente que carece de vivienda, de trabajo, de economía, de educación, de sanidad, de ocio… gente que habita un mundo paralelo donde la realidad no es más que la necesidad de sobrevivir; donde la vida no es más que el ahora. Precariedad. Miedo. Hambre. Marginalidad. Sucede de forma masiva en África, en América Latina, en Asia… y sucede también en Europa, en Norteamérica… en las barranquillas de Madrid, en las Tres Mil Viviendas de Sevilla y en la Mina de Barcelona… disfrazados de la cotidianidad y de las costumbres; olvidados entre las estadísticas que hablan de mejoras en el crecimiento económico.

Hay veces, algunas, que ser un niño es una obligación que te atrapa en la impotencia del deber. Es entonces cuando uno pasa a vivir por deber en lugar de por placer; pasa a no tener voz; para a ser sólo un muñeco figurante en un escaparate de oportunidades vacías. La pobreza se ha convertido en un espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores que aplauden desde el otro lado de la barrera. “Para existir un tercer mundo, tiene que existir un primero”, y parece que en este duelo todos lo saben.

Luego llegan las palabras frías… Sí, se drogaron en las fiestas tristes, se drogan para olvidar y para ser olvidados, vivieron anclados en la arrogancia de quien vive atrapado amarrado por la tristeza de quien no puede vivir con la pobreza que no les deja vivir. Son niños agobiados por el peso de su propio papel en la historia. Niños que han sabido lo que les toca más allá de la infancia, de los sueños, de las miradas, de las utopías. Aquella tarde, en aquel barrio, en aquel cerro carcomido por el tiempo en silencio, alguien miró al horizonte y me dijo que las utopías sólo sirven para seguirlas, para caminar hacia delante, para atrapar los sueños… alguien me lo dijo mirando el mar… el mar que termina en un horizonte que no se sabe donde acaba.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La nevera y otros cuentos fríos



Hay momentos en la vida de uno que no pueden ser otra cosa que el principio de un antes o el final de un después. Un instante en la vida sin razón. Son momentos en los que las neveras todavía mantienen vivas aquellas hojas de perejil que después se mustian hasta el olvido…hojas que trajiste porque esperabas que alguien preparase junto a ti un guiso perfecto para cenar, que ese final fuese otro final… o el final de otro principio.

Las neveras siempre me han parecido un fiel testimonio de la vida misma. Con posibilidades infinitas capaces de transmitir una personalidad… Neveras que hablan de historias de padres e hijos, de nietos y suegras, de eternas parejas, de familias imposibles, de ramas de canela. Hay frigoríficos llenos de vida, y otros prohibitivos, o espontáneos, tentativos, desordenados, a punto de masticarte ellos a ti antes de que puedas extender siquiera la mano para rozar el trozo de mantequilla que habita en la segunda balda de la puerta.

Hay neveras vacías que no tienen proyectos... son neveras sin fruta, ni pollo, ni batidos, ni color… neveras en la cola del inem sin derecho a voto ni a manifestación… neveras sin salchichas a las que poner en orden, ni ganas de abarcar más, ni ilusiones ni cenas a la luz de las velas ni los viernes ni los lunes. Seca estructura de hierro casi al borde del cementerio. Cohabitan en edificios con neveras de estudiantes con prisas y siestas de sobremesa con tabaco sobre el sofá del salón... con latas de mejillones, de atún y guisantes, con botellas de ron por pares y cajas de la milagrosa bebida enérgetica de oferta.

Hay neveras dormidas por la rutina de los años… estable por aburrimiento y por ganas de escapar, por simple devoción… hechas de listas y posit que se repiten cada semana por fotocopia compulsiva; baldosas con leche semidesnatada, con los mismos yogures de fresa agridulce, testigo de mal sexo entre la única manzana y el solitario melocotón. Son heladeras podridas de plásticos con fecha de caducidad apoltronadas contra el paredón antes de ser concebidas.

Recuerdo la nevera sideral de una elegante suegra que tuve en alguna lejana misión de guerra… la imagen de esos estantes plagados de sonrisas de dulce de leche fue, no hay duda, lo que más me conquistó. Pasión casi casi permanentemente, un futuro completo idéntico dispuesto a mi imaginación. Botes de colores vivos, llena de huevos cocidos y salmón listos para noches de lluvías de estrellas y un inmenso bol de pasta fresca que siempre vestía de fiesta dispuesto para la ocasión. Bolognesa por consumir. Nata para cocinar y fresca. Tomates, pimientos, sirope, hojaldres, botellas de orujo, licor de canela y ralladura de limón.  

Hay neveras felices que son reflejos de familias perfectas siempre preparadas a en punto para el excelso placer de la hora de la cena. Cocinas llenas de pasteles, tiempo, tarta de carne, trufas, laurel, sopa y yerbabuena; imagen de un martes que parece un domingo cualquiera. Chocolate caliente y bizcochos con forma de corazón.

Son las cámaras que acompañan y corrigen ese instante en la vida de uno que no puede ser otra cosa que el principio de un antes o el final de un después horneado sobre los hornos de piedra. La nevera, como el corazón, son electrodomésticos capaces de detener el tiempo, de retrasar las cosas que al final nunca suceden, de inmortalizar el olor y el sabor de los mejores momentos inflando con levadura emociones revueltas. Esas son neveras que dicen mucho más de lo que sus productos cuentan… ligadas de chocolate y recuerdos de galleta con lacasitos en los ojos y un pistacho en la nariz. 

martes, 7 de septiembre de 2010

El inevitable alto riesgo de compartir el desayuno




Tuve suerte. El pensamiento estuvo a punto de llegarme cuando ya estaba dormida. Seguramente lo hubiera perdido para siempre entre el pasado de los sueños si no fuera porque lo precedió una batería desbordante de preguntas… ¿a qué se debía? Me atormentaban en la mente como hormigas despistadas corriendo a contracorriente… ¿dónde nace y dónde se esconde?¿es posible que la mariposa se convierta en oruga? ¿dónde están el por qué de sus razones? ¿aumenta o disminuye a lo largo de una vida? Su propia vejez… ¿es ternura, es cariño o es rutina abominable? ¿dónde está ese punto cero? ¿y el de no retorno hacia el vacio? ¿estamos detrás del espejo o siempre perseguimos a Alicia…? ¿nos enamoramos de la música o del recuerdo de los besos que sonaban a canciones? ¿nos enamoramos de lo que nos enamora o de lo que sentimos? ¿nos enamoramos del recuerdo o los recuerdos nos atrapan? Sentí vértigo.

Sólo tenía una certeza… las preguntas eran infinitas, insomnes y no me iba a dejar dormir.

Y entonces, anoche, cuando estaba a punto de cerrar los ojos, me di cuenta. Y regresaron a mi mente algunas de las conversaciones más importantes que he tenido a lo largo de mi vida… posiblemente los momentos que realmente fueron auténticos, los más reales, más intensos… algunos de los momentos que hacen que valga la pena estar aquí. Algunos de los momentos que se esconden del amor amputado de corta y pega que se cuela en nuestra vida.

Repasé de párpados para dentro las historias de amor sin límites que se han cruzado conmigo en el camino… las eternas… las inmortales… las mías y las que me regalaron otros. Pasé por un callejón remoto donde un grafiti infantil recuerda un primer beso con hojas de otoño y sangría, en los extrarradios de la adolescencia. Escuché aquellas promesas de conquista exacerbada, repitiéndo mientras la besaba que el segundo amor es tan diferente al primero que ni siquiera te das cuenta de que estás empezando a sentirlo, en la frontera de los diecisiete años. Después la vi a ella sentada en las escaleras de piedra de un teatro cualquiera, explicándome la importancia de conocer al moustruo que todos los que formaron una pareja tenemos dentro… al contrario y al propio, al radical, al que no sabe de medidas ni de límites… al mounstruo enamorado que lo invade todo… y pese a conocer al destructor contrario seguir queriendo compartirlo.

Miré en los ojos de un Óscar encarcelado mientras se tatuaba entre rejas el nombre de Carmen, prometiéndose la vida más allá de los sueños, en otra ciudad muchos años después. Entendí las rodillas de Ana Lía contra el césped seco de tanto quemarlo en lágrimas: el amor se convierte en más amor cuando, hasta siempre, echas de menos. Toqué la puerta de la casa de Mario dónde su pasión era más fuerte que la amnesia perpetua de su Luz, el reflejo de sesenta años juntos. Y releí las letras en la pantalla fría que comparte dos visiones de unas mismas causas, de unas mismas trampas. De distintos besos.

He tenido la suerte de conocer a algunas de las personas que, estoy segura, mejor han sabido sentirlo y que mejor han sabido convertir en palabras lo que sentían. Fue entonces cuando me levanté sobresaltada con mi descubrimiento… cuando abrí cajones, y revolví cartas y recuerdos y toneladas de palabras perdidas en conversaciones. Saqué de los cajones despistes convertidos en besos perdidos, en miradas desvíadas, en jugadas de ajedrez ilimitadamente a punto en el buzón de un correos sin tiempo. Debatí conmigo misma sobre si el amor es más amor cuando espera, cuando corta, cuando sangra, cuando besa, cuando sueña, cuando cansa, cuando grita, cuando espanta, cuando comparte, cuando admira, cuando irradia, cuando recibe, cuando promete, cuando conquista, cuando se escapa…

Y sólo supe cerrar los ojos y seguir dormida. Porque quizás siempre estuve dormida. Porque el amor es para siempre, inevitablemente para siempre, una profesión de alto riesgo que pone en peligro la vida.

martes, 10 de agosto de 2010

Encuentro de la Soledad con el Cuadro Itinerante



                                A Marthazul


Se sentía sola aquella noche de agosto… en una ciudad donde el cemento palpitaba soledad quemada y vacío de mar. Se había cansado de vivir deprisa, y sin embargo la propia vida le recordaba incansable que tiempo atrás había sido su elección… Ahora parecía imposible frenarlo.

Todos se iban; ella regresaba de nuevo.

Era así: el verano arrancaba para la multitud y ella lo clausuraba… con esa perpetua sensación a quemar las cosas demasiado deprisa… con la fría fugacidad con la que se cuela el agua azul entre los dedos antes de que puedas probarla…

Se entretuvo buscando el lugar perfecto para aquella chiquita obra de arte de la que se había enamorado tres años antes, cuando él regalaba sensibilidad a manos llenas y ella supo recogerla y guardármela en un lienzo para siempre. Era un cuadro que transportaba historia; una historia con lenguaje no verbal y más sentimientos que palabras. El pincel contra el olvido.

Lo colgó sobre un enganche vació en la pared del dormitorio, fue seis minutos antes de apagar la luz e irse a la salita a leer un rato. Y entonces, se dio cuenta. Sus primeros minutos a solas sin el cuadro le parecieron interminables. Ya era inevitable; de pronto lo echó de menos. No supo bien que necesitaba... si mirarlo o que él la acompañase. Supo, otra vez, que se había alejado demasiado deprisa.  Sintió la amarga sensación de haber abandonado aquella habitación excesivamente rápido.

Echó un vistazo a todas las paredes que alcanzaron sus ojos. Buscó un martillo que sacó de la nada y le dio utilidad en cuanto lo hubo encontrado. Y lo colgó. Lo colgó en la pared más luminosa del comedor mientras cenaba. Lo colgó sobre el escritorio del salón mientras escribía… Dudó de nuevo si necesitaba observar el cuadro o que el cuadro la observase. Sólo tenía la certeza de necesitarlo a su lado.

Así fue como aquella cuesta color vivo y con sabor a Caribe no se detuvo en el camino. Así fue como después de recorrer 700 kilometros y dormir cada noche de los últimos tres días en diferentes lugares, El empiezamiento de la cuesta azul con piña protagonizó la historia del cuadro incansable, fiel compañía, impasible ante el nostálgico ritmo de aquel verano…

Ella no volvió a sentirse sola aquella noche.
Él no volvió a detenerse en el camino.

Quizás durante aquellos minutos ella sí estuvo loca. Quizás se sentía aquella noche demasiado sola, demasiado perdida, demasiado impotente, demasiado cansada. Quizás sólo era el comienzo de una firme amistad… o el amago de una amistad que trata de ocultar otra… pero fue el comienzo de la historia que cerraba la tristeza aquella noche y también fue el principio del futuro de aquel cuadro… el arranque del camino vivo de aquel cuadro itinerante.

lunes, 14 de junio de 2010

Vicky y la lluvia sobre el vaso de agua


A veces la vida me resulta parecida a un vaso de agua sobre el que nunca deja de llover. A veces los días están llenos de trajes de fiesta desgastados en los armarios de las grandes residencias de verano donde jugaban los niños veinte años atrás. A veces el destino no es más que una fría hoja de calendario disecado, esperando que una sirvienta en los huesos y sin dientes le arranque las hojas.

Siempre me ha parecido que la vida merece la pena cuando uno teme perderla, cuando uno se da cuenta de que ese instante vale tanto la pena que nada en ningún otro lugar del mundo puede hacerte más feliz. Que nada valdría la pena si algo cambiara.

Sé de lo que hablo porque yo sentí eso una noche de abril en Barcelona después de un reencuentro en el aeropuerto del Prat. Volví a tener ese mismo sentimiento en una buhardilla recubierta en madera de Malasaña. Y ese sentimiento no se olvida y se instala en la memoria como grabada a fuego en la piel.

La felicidad bien merece ser inolvidable, al fin y al cabo no sucede tantas veces.

Ese sentimiento –que es mucho más intenso que todos los pensamientos del mundo-, volvió a mí como contrapunto hiriente de aquella mañana. Las dos estábamos sentadas una frente a la otra, con dos cafés hirviendo apretujados contra las manos. Yo acababa de separarme, ella se estaba involuntariamente separando.

Es preciosa, joven, inocente, entera… está locamente enamorada de un ser que se le escurre entre las manos. Me habla de su boda, de su embarazo, de sus 28 años de sueños cumplidos en los últimos meses, me habla de su deseo invencible de tener a su marido al lado aunque sea, -cuánto pide-, hasta el próximo fin de año. El día 11 de enero él enfermó; le detectaron una leucemia rabiosa que se celó de vida perfecta de marido y de su recién estrenada situación de padre. Su bebé apenas había cumplido los dos meses. Desde entonces, no ha vuelto a casa. Él hace guardia en la cama del hospital permanentemente. Ella deambula entre el miedo y el vacío. Lucha contra organismos por permanecer cada minuto que la vida le deje en su cuarto, lucha contra las circunstancias por conseguirle a él un batido de vainilla agotado en todos sitios, lucha contra la muerte por quedárselo a su lado… Y ella camina, deambula, incluso a veces me parece que sonríe… al tiempo que llora.

Ahí, sentada con el café frente a ella… quemándome la lengua por la ansiedad de beber café y ocupar la boca para no decir todo lo que quería contar mi rabia… el corazón me latía tan fuerte que no recordé las pérdidas, ni el echar de menos, ni la gente que me falta…

Vicky sólo me transmitió aquella lejana sensación tan feliz de sentir que tienes todo lo que deseas. Y supe que, también para ella, la felicidad merece bien ser inolvidable; al fin y al cabo no sucede tantas veces. Quizás, esta vez, el vaso de agua estalle en mil pedazos mañana.